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Santiago Silva Jaramillo
Columnista

Santiago Silva Jaramillo

Publicado el 31 de diciembre de 2015

Lo que aprendí en 2015

Aprendí que la corrupción puede florecer incluso detrás de las caras bonitas y que la tentación constante de hacerse con feudos cómodos dentro de la administración pública es tan sencillo como común. El año estuvo lleno de las revelaciones sobre los sospechosos y millonarios contratos de la periodista Natalia Springer con la Fiscalía General de la Nación. También aprendí que los poderosos sacan satisfacciones mezquinas de contrariar a la opinión pública, como cuando Eduardo Montealegre condecoró a la misma Springer en lo que a todas luces era una afrenta a los medios y personas denunciándola.

Aprendí que el fundamentalismo es sustancialmente más fácil de inspirar que de combatir, que el odio se esparce más rápido que el amor y que a veces es más sencillo temer que confiar. El camino al lado oscuro es más tentador. Los ataques terroristas en Francia, Nigeria, Líbano, Arabia Saudita, Libia, Turquía e Irak nos presentaron al despiadado Estado Islámico, su extremismo y su violencia sin sentido. También aprendí que frente a la tragedia los seres humanos sacamos la reserva de confianza y solidaridad que nos ha permitido sobrevivir como especie a pesar de todo. Así como cuando los bancos de sangre de París se llenaron de donantes luego de los ataques de noviembre o como cuando multitudes de alemanes se reunieron en los aeropuertos de su país para recibir con aplausos y abrazos a cientos de refugiados sirios acogidos por su gobierno.

Aprendí que todo está conectado y que la pelea entre los petroleros saudíes y estadounidenses llevó el precio del petróleo a un mínimo histórico obligando a que gobiernos que dependen de las divisas, como Colombia, aumenten impuestos y reduzcan la inversión. La reducción de popularidad de estas medidas puede afectar decisiones internas en estas sociedades. En Brasil, Argentina y Venezuela están renovando gobiernos, en Colombia puede poner en problemas el plebiscito por los acuerdos de paz. También aprendí a no leer demasiado entre líneas.

Aprendí que la paz no puede ser la firma de un papel –o de muchos- en una isla caribeña; que la domesticación de la violencia que nos ha acompañado por cincuenta años será una transición larga y frustrante, en donde serán más importantes los movimientos de renovación política ciudadana que los jefes guerrilleros, la democratización de las regiones que la participación política de los desmovilizados y el desarrollo económico de la periferia por encima de la erradicación de cultivos ilícitos. También aprendí que no hay que temerles a los cambios, a los compromisos o al perdón; que el primer paso para detener la violencia es reconocer que su uso es el fracaso social.

Aprendí que en Colombia se puede hacer política sin maquinarias y con independencia; con pragmatismo, pero mucho juicio, al ver las victorias que movimientos –en su mayoría ciudadanos- lograron en las elecciones locales de Cali, Bogotá, Medellín y Bucaramanga. Aprendí que se puede tener esperanza en que nuestro país va, en general, por buen camino. También aprendí que el mayor reto para el desarrollo de la democracia en Colombia está en las regiones, en donde la violencia, el clientelismo y la corrupción continúan poniendo a los gobernantes.

Finalmente –y en una nota más personal- aprendí que entre el caos y el orden, atravesando el desbarajuste y la esperanza en lo que nos trae y se nos lleva un año, siempre hay luz en los túneles y metas al final de los caminos. Personas, amigos y familiares que nos acompañan. Aprendí que, con todos sus altibajos, este año no estuvo para nada mal.

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