Se acabaron los adjetivos para Siria. La comparación con el infierno, incluso, resulta insuficiente para el tamaño de la desgracia que vive un país cuya tierra, petróleo y costas le importan a muchos pero cuya humanidad, destrozada y ensangrentada, parece no tener dolientes.
La semana pasada, tras un bombardeo a una escuela en la ciudad de Idlib, que acabó de un estallido con la vida de 22 niños, el director de la Unicef, Anthony Lake, rebuscó entre su repertorio las palabras con mayor carga de reproche para condenar semejante carnicería. Dijo que era “una tragedia”, “un crimen de guerra” y “una salvajada”.
Los Cascos Blancos sirios, voluntarios que antes fueron sastres, herreros o vendedores ambulantes pero que ahora con la guerra conforman un...