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Sara Jaramillo Klinkert
Columnista

Sara Jaramillo Klinkert

Publicado el 17 de febrero de 2022

Los del montón

Estoy del lado de la gente común y corriente, la que tira la toalla cuando está cansada, la que no madruga porque no espera ayuda de ningún dios. Admiro a los que dicen “no soy capaz” y se quedan tan orondos mirándose las uñas, pues saben que la incapacidad no los hace inferiores, pero sí humanos. Me encanta la gente que se equivoca y no le importa, como si hace rato hubiera entendido que madurar no implica equivocarse menos, sino hacerlo con mayor dignidad. En un mundo que traza una línea inquebrantable entre los mejores y los del montón, me declaro fiel militante de los segundos. Los que usamos los dedos para sumar, los que jamás izamos la bandera del colegio, los desubicados, los lentos, los que no nos entendimos con Baldor. Fuimos invisibles para el sistema educativo pese a ser una mayoría aplastante. Casi ningún profesor se acuerda de nuestros nombres porque todos estuvieron ocupados regodeándose con los mejores y empujando a los peores. Me habría gustado saber, desde esa época, que los papeles suelen cambiarse en el mundo práctico, pero esa es tan solo una de las dulces sorpresas que nos tenía la vida guardadas. He visto a jóvenes promesas comerse el discurso de la excelencia y luego desmoronarse al darse cuenta de que jamás serán tan buenos como les hicieron creer. Y también a niños agobiados por padres y profesores de mil clases extracurriculares para quienes la palabra perder no existe en sus diccionarios personales. Tengo amigas derrotadas ya a mitad del camino y otras que, simplemente, echaron por la borda los discursos baratos sobre el éxito y la perfección, porque, al fin, comprendieron que nada de eso existe. Tal vez, todo es tan simple como hacer lo que queremos y no lo que los demás quieren que hagamos. Hoy más que nunca pienso que el verdadero éxito —si existiera— sería algo así como librarse de la presión de alcanzarlo. Está bien meter la pata, echarse para atrás, tomar malas decisiones, llegar de último o, incluso, no llegar. Cuando cumplí cuarenta años, soltera y sin hijos, alguien me dijo que me había dejado el tren. Yo me quedé pensando lo contrario, que ser mujer y no estar en ese tren era mi mayor hazaña. No llegar a ninguna parte significa que puedo estar en cualquiera y ese es un logro del cual me siento orgullosa.

Mientras los que se comen el mundo se indigestan, los del montón lo degustamos a mordiscos. Mientras lo mejores se pelean por aquel primer puesto en donde cabe uno solo, los del montón encontramos espacios en donde podemos ser nosotros mismos. Mientras los exitosos hacen malabares imposibles por ocultar sus flaquezas, los del montón las abrazamos porque nos recuerdan que los dioses no existen, que no somos más que simples seres humanos recorriendo un camino que, al final, nos llevará a todos a la misma parte 

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