Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 20 de marzo de 2019

Los desesperados

¿De dónde vendrá la esperanza, en estos días desesperados? Este es el interrogante de los optimistas, porque los pesimistas ya no creen en nada. La realidad no ayuda: el horizonte está contaminado y hay que caminar enmascarados. La democracia, que sirvió durante siglos, hoy está zarandeada.

Los países tienen dos presidentes, uno de mentiras, otro de verdad. Pero la gente no se pone de acuerdo sobre cuál es cuál. Lo que antes se llamaba Corte de cierre, ahora ni corta ni cierra. Los muertos de los últimos cincuenta años parecen resucitar para no dejar caer las estadísticas criminales.

Cada ciudadano es un islote asediado de signos virtuales por todo lado. Ni siquiera se llaman por teléfono, para que la voz no los comprometa. Los mensajes en el chat hacen las veces de ángeles clandestinos, solo que sin la virtud de los viejos alados que al menos daban la cara.

Los muchachos están tachando la palabra futuro. Se van a dormir con la malicia de que mañana no será otro día. Los papás comen saliva espesa porque no lograron legarles mejor planeta. Ni siquiera tienen para pagarles los siquiatras y así enriquecer a estos profesionales que reemplazaron a los confesores de diván vertical.

Con todo, es válida la pregunta por la esperanza. ¿Dónde buscarla? Walter Benjamin, filósofo alemán judío que murió por suicidio en 1940, perseguido por los nazis, planteó en una sentencia la siguiente paradoja: “La esperanza no se nos da más que a través de los desesperados”.

En efecto, los desesperados son los demoledores del presente. Capaces de hacer la autopsia del cuerpo dañado, intuyen el remedio del porvenir. Hacen la lista de las llagas, presentan la maldad, advierten sobre lo que no se puede repetir.

Y predicen las condiciones de una humanidad que de nuevo sueñe. Quienes pierden la esperanza no transigen, se rebelan contra cualquier tentativa de resucitar los cadáveres mal muertos.

Entonces se transforman en incorruptibles. Les cortan el paso a los demagogos que quisieran trampear con las esperanzas. Acogerse a su olfato sería indispensable en la labor de volver a construir un espacio y un tiempo donde la vida sea baile, acordeón y conocimiento.

Los desesperados son necesarios, sin ellos la Tierra no podría seguir volando sin miedo de estrellarse.

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