Escribí esta columna en la noche del domingo, con los resultados del plebiscito ya consumados. Tenía a mi lado a mi hijo Miguel, quien tiene cerca de cinco años. No dejaba de mirarlo y trataba de abstraer mis pensamientos hacia el mundo de él para que se contuviera esa sensación tan difícil que todos los colombianos debimos haber vivido, esa sensación de ¿y ahora qué?
Esa fue mi fórmula para mitigar la angustia que tuve como ciudadano. No lo niego, mi mente se llenó de preguntas muy duras sobre lo que viene. Literalmente, me asusté, porque, simple, en Colombia somos expertos en convertir las oportunidades en incertidumbre.
Después del domingo queda la sensación de que nadie ganó y estuvimos al garete de esas heridas abiertas creadas por tantos...