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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 14 de febrero de 2020

Los Esenios

La cultura es el hombre: modo de relación consigo mismo, con los demás, con el cosmos y con Dios. Y así, donde hay un hombre, hay cultura. Cultura no hay sino una, la humana, la del hombre y para el hombre, y las culturas son modos de cultura.

Cultura viene de cultivar, y cultivar tiene relación con las plantas, que son para ser cultivadas, que es darles lo necesario para que fructifiquen. Cada planta tiene su modo de ser cultivada. Y el hombre es la planta de las plantas, para ser cultivada, labrada, cuidada, enriquecida, adornada, embellecida por el hombre mismo.

Cada pueblo tiene su propia cultura, con sus grandes cualidades y limitaciones. Entre ellos están los esenios, misteriosa hermandad que vivió a orillas del Mar Muerto, dos o tres siglos antes y un siglo después de Cristo. Agricultores que cultivaban una variedad extraordinaria de frutas y legumbres, y eran expertos en el uso medicinal de las plantas. Pasaban mucho tiempo dedicados al estudio sobretodo de la educación, la medicina y la astronomía.

Los esenios llevaban una vida sencilla y regulada. Se levantaban antes de la salida del sol a estudiar y comulgar con la naturaleza. Compartían sus comidas en silencio, con una oración antes y después. Dedicaban la noche al estudio y la comunión con la bóveda estrellada; y el día al estudio y la discusión, a tocar algunos instrumentos musicales y atender a los visitantes. Jesús hizo de ellos un eco sublime en el Sermón de la Montaña.

Sus máximas están llenas de sabiduría, que honran a todo pueblo que las tenga. “Despliega amor donde quiera que vayas, antes que nada en tu propia casa”. Los esenios cultivaban un estilo de vida sencillo e inofensivo, ejemplo de moralidad, que sabía controlar sentimientos, pensamientos y palabras, expresión de una vida moral limpia, transparente.

Los esenios eran amigos portentosos del silencio como si vivieran en presencia de un tremendo misterio, por lo cual, cada palabra suya tenía más fuerza que un juramento. De ellos se dice que mantenían sus manos alejadas del robo y su alma pura de toda ganancia pecaminosa. Eran la luz que brilla en las tinieblas, luz que invitaba a la oscuridad a convertirse en luz, con el propósito de no hacer nada que pudiera enturbiar el resplandor del sol.

Para los esenios, el Padre Celestial “lanzó su poder sobre el rostro de los cielos, dejando un río de estrellas”. Hombres cultos por excelencia, irradiaban la luz del amor con el cuerpo y con el alma, maravillosa unidad de la tierra con el cielo.

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