P.D. Mario Franco
Columnista

P.D. Mario Franco

Publicado el 12 de noviembre de 2018

LOS FARISEOS Y LA VIUDA

Dos escenas que nos trae el evangelio hoy, nos permiten algunas consideraciones sobre nuestra forma de relacionarnos y asumir posiciones sociales y religiosas de nuestro tiempo.

En la primera escena: con una llamada de atención fuerte, Jesús previene contra un mal crónico de nuestra humanidad. La mentira, hipocresía o el mundo de las apariencias que descompone no solo a los seres humanos, sino a sus múltiples formas de relación y organización social.

El gusto por la ostentación, la apariencia; por ocupar siempre los primeros puestos, está lastimosamente ligado a una búsqueda particular, individual que termina siendo una especie de “culto religioso” en la búsqueda de beneficios particulares, egoístas, por encima de la búsqueda del bien común. Con ello, cultivamos nuestra imagen personal, el perfil alto que queremos portar, justificado muchas veces como recuperación de la autoestima, pero en realidad, desproporcionado ante el descuido del bien social.

En una sociedad “altamente competitiva” en un beneficio individual, esta es la propuesta más deseada dentro de las mejores apuestas. Sus resultados son evidentes: construir un mundo y una vida de apariencias. De mentiras y engaños, donde sólo alimentamos nuestro apetito “insaciable” de reconocimiento, poder y dominación. Por ello, Jesús advierte, duramente, contra esta oferta o modelo de vida humana, de vivir social y religioso viciado de su tiempo y de todos los tiempos.

De otro lado, y como una nueva llamada de atención para mirar lo que de otra forma no miraríamos, Jesús, señala con admiración y agrado, el gesto y la realidad de una viuda que entrega todo lo que tiene para vivir y lo deposita en las alcancías del templo de Jerusalén. La cantidad de su ofrenda es mínima (dos monedas insignificantes) pero el valor de las mismas es infinito, puesto, que en ellas va todo lo que tenía para vivir.

Es la entrega, no de lo que le sobra, sino de su propia vida, para los demás. Esto es desconocido ordinariamente; puesto que no resulta aparente a los ojos de los demás, como la actitud contrastante de los magistrados y legistas de Israel en el templo. No aparenta y por supuesto no se vería o reconocería, a menos que otra propuesta de vida social y religiosa: el evangelio, lo hubiera resaltado como lo hizo Jesús para abrir los ojos de sus discípulos.

La propuesta es diferente. No se está a la búsqueda de sí mismo, de sus reconocimientos en méritos, puestos y perfiles sociales. Revienta toda búsqueda egoísta, de sí. La atención queda puesta en los otros en el bien común y, para ello, se ofrece lo que se tiene, que incluye la propia vida. Es el darse en el dar... no dar lo que sobra; sin esperar recibir ni pedir nada a cambio. Es el evangelio ayer, hoy y siempre, que no queremos ver, porque es la propuesta -también hoy- de salvación para el mundo.

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