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Humberto Montero
Columnista

Humberto Montero

Publicado el 03 de diciembre de 2019

Los maléficos koalas de Greta

Aunque muchos animalistas quieran colocar al ser humano en la misma escala evolutiva que una lombriz, un conejo o un perro, lo cierto es que nunca habrán escuchado a ninguno de esos animales levantarse por la mañana y exclamar “carajo, qué mal he dormido”, mientras se preparan una taza de humeante café. Ese insomnio es propio en los humanos en exclusiva por culpa, precisamente, del trono que ocupamos en la Tierra. Esa conciencia, de la que solo nosotros disponemos –incluidos los animalistas, a priori– nos lleva a reflexionar sobre las cuestiones más trascendentes y a comernos el tarro sin parar sobre sandeces y temores que nunca se producirán. Desde las cavernas, los hombres nos hemos devanado los sesos por el mañana, concepto que a los animales les suena a chino. Y es que para un topo, un mosquito del vinagre o un urogallo solo existe el presente. Eso al menos se deduce de su comportamiento. Cierto es que hay animales que acaparan alimentos –como las hormigas– para los periodos de carestía. Pero no me refiero a ese “mañana”, sino a la herencia que dejaremos en esta nuestra casa. Por eso, a la inmensa mayoría de nosotros nos preocupa la salud del planeta.

Si por un casual una plaga bíblica de adorables koalas se expandiera sin final desde Australia al resto de continentes y, en un giro muy loco, se hicieran con el control del mundo, dudo mucho que desde su maléfico cuartel general oculto en un bosque de eucaliptos organizaran una cumbre global para analizar el impacto de sus conquistas sobre la biodiversidad y la salud de la Tierra. Dudo mucho también que la invasión koala salvara a la atribulada activista sueca Greta Thunberg de su devastadora expansión.

Así que no, los animales no tienen los mismos derechos que los seres humanos. Eso no implica que podamos comportarnos como ellos o peor que ellos. Hace apenas unos años, matar un perro porque sí no acarreaba castigo alguno contra el matarife. Tampoco lanzar a una cabra de un campanario. Hoy, en la mayoría de los países civilizados se penaliza con distinto rasero el maltrato animal. Por fortuna, en contra de quienes todo lo ven negro, avanzamos. Pero no por ello vamos a alimentarnos del aire: es imposible, dañino para la propia Tierra y antinatural. Somos omnívoros. A eso nos condujo la evolución. Esa cualidad nos permitió prosperar y multiplicarnos hasta llegar a celebrar estos días en Madrid una cumbre para tratar de salvar a la Tierra de nuestra propia presión.

Algunos pretenden hacernos creer que el progreso es volver a las cavernas. La chiquilla sueca a la que no salvaría la plaga de koalas, llegará a Portugal tras atravesar el Atlántico en un catamarán provisto de todos los artilugios de navegación más sofisticados, incluidos GPS de última generación, una tecnología basada en la información de satélites lanzados en cohetes espaciales que no fueron propulsados por algodón de azúcar, precisamente. Desde allí, se desplazará a Madrid en un coche eléctrico para cuya fabricación se han empleado plásticos y cuya recarga se realiza con un 35 % de energía nuclear. Todo por no agarrar un avión.

Debemos ser más eficientes, más sensatos al calibrar nuestras necesidades y velar por el aire que respiramos y la salud de los mares y la Tierra. No en vano de ahí provienen nuestros alimentos. Pero no creo que nadie esté dispuesto a renunciar a poner la calefacción o el aire acondicionado cuando sea menester. Basta de demagogia y de vivir del cuento de que la Tierra se muere. Cuidar las selvas y los océanos no implica frenar el progreso. Eso sí nos aniquilaría.

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