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David Santos Gómez
Columnista

David Santos Gómez

Publicado el 28 de septiembre de 2021

Los tumbos de la Celac

La creación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) a inicios de la década pasada tenía una intención explícita: contrarrestar y, en últimas, reemplazar a la OEA. En épocas de bonanza monetaria y popularidad política de gobiernos a la izquierda del espectro, la idea que nucleaba la propuesta era terminar con la omnipresencia estadounidense en la política exterior del subcontinente. Diez años después, la Celac respira con dificultades y parece más un espacio para enfrentamientos entre miembros que una colectividad con un objetivo común.

La sexta cumbre de la Celac, que se celebró en Ciudad de México, pretendía darle nuevos aires al organismo con un López Obrador entusiasmado por su liderazgo. El eje de las conversaciones fue, por supuesto, la actualidad de la pandemia y la necesidad de trabajar para disminuir la brecha entre países vacunados. La mayoría de los miembros coincidió. Luego, en otro tópico unificador, se habló del cambio climático y los pedidos de ayuda a la ONU. Todos movieron las cabezas afirmativamente.

Pero cuando afloró la política continental el ambiente se enrareció. A los ataques de un lado del foro a la OEA, les respondieron las primeras caras largas y al final la concordia desapareció cuando Uruguay tomó la palabra y arremetió contra el presidente de Venezuela. “Mi presencia en esta cumbre en ningún sentido representa un reconocimiento al gobierno del señor Nicolás Maduro. No hay ningún cambio de mi gobierno y creo es de caballeros decirlo de frente”, dijo Luis Lacalle Pou. El paraguayo Mario Abdo Benítez se sumó a su vecino. La diatriba se dirigió también contra Cuba y Nicaragua. Nicolás Maduro, como era de esperarse, respondió aireado y pidió fijar hora y lugar —como en un duelo— para un debate “sobre la democracia”.

La virulencia que invadió el recinto y protagonizó el cierre del encuentro fue un diagnóstico claro de una Latinoamérica fragmentada, en la que hay más desconfianza que unión. Es la política real, podría decirse. Nunca se construye el multilateralismo desde los consensos absolutos. Y es verdad. Pero la Celac aspiraba a más. En sus primeros años buscaba arrebatarle a la OEA su protagonismo y clausurarla. Y si no lo pudo hacer en las horas del evidente alineamiento ideológico de hace diez años, ahora resulta imposible. La OEA, aún con su demostrada incapacidad, duerme tranquila 

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