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Lina María Múnera Gutiérrez
Columnista

Lina María Múnera Gutiérrez

Publicado el 08 de abril de 2022

Luces y sombras

Hay cosas tan imposibles de conceptualizar que la mente comienza a divagar tratando de imaginarlas. Por ejemplo, que un viejo telescopio espacial como el Hubble sea capaz de mostrarnos la luz de una estrella que está a 12.900 millones de años, que es el mismo tiempo que tardaríamos en llegar hasta ella viajando a la velocidad de la luz. Esto como que no cabe en la cabeza. Y luego está un fenómeno curioso como el que se vivió en la ciudad esta semana, cuando durante unos minutos fuimos seres sin sombra, un privilegio que pueden alcanzar solo aquellas personas que estén en regiones cercanas a la linea ecuatorial y que se conoce como el paso cenital del sol.

Estos fenómenos del espacio suelen ser complicados de asimilar, pero a la vez son fascinantes. Enterarse de que esa estrella llamada Earendel, que explotó hace millones de años, era de un tamaño 50 veces más grande que el sol hace que el mundo parezca infinitamente más pequeño de lo que creemos. Viajar hacia atrás, volver a los orígenes, y poder ver ahora el gigante que fue es emocionante. Ella hace parte de esa primera generación de estrellas que emitieron luz y que sacaron al cosmos de la oscuridad.

Y aprender que su nombre se inspira en un poema escrito por John R. R. Tolkien en 1914 le confiere aún más belleza al descubrimiento. Se trata de “El viaje de Earendel, la estrella vespertina”, una obra que narra el viaje por el universo del marinero Eärendel, quien más tarde se conocerá como Eärendil en las historias de este escritor británico; el poema es el origen de todo el mundo creado por él, quienes conozcan la historia de El señor de los anillos entenderán.

Y así, tras luces y sombras espaciales, se desciende al ahora para tratar de entender cómo es que se puede borrar la sombra de todo durante un rato. Según cuentan, el sol se para justo encima de nuestra cabeza y la sombra se esconde bajo los pies, y entonces desaparece algo así como la mitad de lo que somos, esa compañía que a veces va adelante y otras, detrás, pero que nunca nos desampara.

En El hombre sin sombra, una película de Paul Verhoeven del año 2000, un científico descubre la fórmula para volverse invisible y quedar así sin sombra, pero a la vez empieza a padecer un efecto terrible: un impulso y unas ansias de poder irrefrenables contra las que tendrá que luchar a lo largo de la cinta en medio de escenas de terror. Misantropías aparte, muy comunes en este director neerlandés, pero divagando un poco más, probablemente tendríamos que ser huecos para no tener sombra y eso sí que podría llegar a ser bastante aburrido. Con unos minutos al año es más que suficiente. Porque estamos hechos de luces y sombras, como nos ha recordado la naturaleza por estos días 

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