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Juan José García Posada
Columnista

Juan José García Posada

Publicado el 21 de febrero de 2022

Mal educado y maleducado

Después de que se conocieran los vergonzosos resultados de la más reciente prueba Saber, que muestran la mediocridad de la educación actual, un episodio irritante confirmó el acierto de tal dictamen, cuando un grupo de encapuchados sacó al candidato Fajardo y le impidió exponer sus ideas en la Universidad Tecnológica de Pereira. Si el combo de vándalos trató así a un político ecuánime, dispuesto siempre al diálogo y, además, caracterizado por su proverbial insistencia en el discurso educativo, si así se le aplicó mordaza a un profesor respetuoso, gústenos o no lo que diga, quién sabe cómo van a boicotear a los demás aspirantes a la presidencia.

La acción de minorías que no dan la cara, más la de otros solapados que también piensan y actúan con métodos totalitarios e inquisitoriales, son pruebas indiscutibles del pésimo estado de la educación política. Los mal educados y los maleducados coinciden en sus procedimientos cavernarios. Están en un momento de subdesarrollo cultural que explica el porqué del puntaje promedio de doscientos cincuenta sobre quinientos marcado en los exámenes últimos y en las demás pruebas a las que suele someterse el sistema educativo colombiano. Y no le echemos la culpa a la pandemia, ni a la falta de financiación, que jamás será suficiente, ni al hurto continuado por miserables proveedores de alimentación escolar, ni al escándalo de los setenta mil millones que no le aparecen al gobierno, ni a otros factores imaginarios que se esgrimen para justificar el retraso en el asunto que debería ser prioritario entre los grandes propósitos nacionales.

Mientras la reflexión pedagógica seria y coherente haya sido sustituída por un discurso gremialista politiquero, por una estrategia asociada con intereses electoreros soterrados, por la manipulación inverecunda de niños y jóvenes y el adoctrinamiento para moldearlos como instrumentos carentes de autonomía y privados del derecho a alcanzar la mayoría de edad, el fracaso año tras año es obvio. Mientras para los gobiernos la rectoría ministerial de la educación haya sido más un comodín burocrático del que se pegan para prometer y hacer creer que sí entienden que gobernar es educar, no hablemos de mejorar en los ránquines nacionales o internacionales. Mientras en los hogares haya papás que no leen ni el periódico y cambian un libro por una botella de aguardiente, ni soñemos con muchachos bien criados. Mientras haya medios de comunicación que sólo enseñen a embobarse en la idolatría a reguetoneros vulgares y morbosos, la cretinización de incontables jóvenes será inevitable. En fin, mientras el todo vale y la relativización axiológica sea norma corriente, ser educado resultará un imposible ético, una utopía más.

Entre las expresiones mal educado y maleducado hay diferencias, pero se vuelven muy sutiles y casi sinónimas. Un país mal educado, que se conforma con la preparación de hombres mediocres acomodados en doscientos cincuenta puntos sobre o bajo quinientos, seguirá siendo manejado por el jinete apocalíptico de la ignorancia y por el monstruo criminal de la violencia tapabocas y tapacerebros 

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