En mayo se me dispara la solidaridad con la madre de Judas, y con el ninguneado apóstol al que Leonardo da Vinci pinta en la Última Cena con la cara que uno quisiera para su mejor enemigo.
“Estoy segura de que mi hijo no traicionó a nadie porque amaba a los hombres de su raza...”, dice Ciborea por boca de Jalil Gibrán, el poeta del Líbano, y los poetas son mentirosos que suelen decir verdades como puños. Agrega: “Era un hijo muy cariñoso; también era el único. Bebió la vida en este seno ya seco. Ensayó sus primeros pasos en este jardín, agarrado siempre a estas hoy temblorosas manos que en aquellos tiempos eran más frescas que las uvas del Líbano”.
El libre desarrollo de su personalidad o libre albedrío que llaman, apenas le alcanzó para ejecutar...