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Cortando cabezas

Como decía Churchill, ‘en política, si quieres cortar cabezas, debes primero asegurarte de no perder la tuya’.

hace 39 minutos
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Por María Clara Posada Caicedo - @MaclaPosada

Hay momentos en la política que exigen una lectura aguda para analizarlos con carácter y no con dogmas. Este ha sido uno de ellos. Lo digo en primera persona porque no me escondo detrás de las decisiones que tomo.

Cuando aún no había una candidatura definida del Centro Democrático -ni yo me imaginaba que iría al Congreso-, cuando el país atravesaba una incertidumbre profunda, cerca al momento en que el asesinato de Miguel Uribe nos obligaba a actuar con sentido de urgencia; muchos tomamos la decisión de fortalecer voces y liderazgos que representan valores democráticos. Como tantos colombianos, vi en Abelardo de la Espriella una opción valiosa dentro de ese momento específico.

No era improvisación. Había cercanía con el pensamiento de Álvaro Uribe Vélez, un mensaje firme frente al desorden y una base de ciudadanos que reclamaba autoridad en medio de un gobierno que ha demostrado improvisación, ideologización e incapacidad para garantizar seguridad. En ese escenario, acompañar ese camino era legítimo. Necesitábamos un bloque democrático y Abelardo no podía quedar por fuera.

Pero la política, como la historia, se mueve y el momento cambió. Abelardo tomó la decisión de no manifestar por escrito su intención de participar en la consulta. El Partido, tomó una decisión distinta buscando unidad y consensos. Apareció con claridad la candidatura de Paloma Valencia. Con eso, no solo llegó un nombre, sino una ruta. Una opción capaz de interpretar este tiempo con fuerza, amplitud y habilidad de convocar. Una opción que quiso sumar para construir un país donde quepamos todos, pero también para tener verdadera vocación de triunfo en segunda vuelta. Una opción que, desde entonces muchos -entre los que me incluyo- apoyamos con convicción. Porque la lealtad en política no es con los impulsos individuales, sino con las causas superiores.

La causa hoy es clara: Colombia necesita orden, carácter, voces que propongan, que no solo confronten sino que construyan. Necesita ganar y convocar. Paloma representa eso. Una trayectoria sólida, forjada en los debates más difíciles de los últimos años. Una coherencia que no se improvisa. Una lealtad probada en todas las canchas. Una capacidad de sumar que en este momento no es lujo sino necesidad. Y sobre todo, una convicción profunda de país que trasciende coyunturas.

Algunos pretenden convertir las decisiones del pasado en armas para dividir. No cuenten conmigo para eso. Como decía Churchill, “en política, si quieres cortar cabezas, debes primero asegurarte de no perder la tuya”. Hoy no podemos permitirnos el lujo de fragmentarnos mientras el país se descompone, ni caer en disputas internas mientras la violencia avanza, la institucionalidad se debilita y la confianza se erosiona.

Esto no es una competencia de egos. Es una batalla por el rumbo de Colombia, y en esa batalla hay que tomar posición a favor de la democracia. El enemigo es el modelo petrista y lo que su heredero representa. Nada más que eso. Mi postura es clara. Estoy con Paloma. Con su liderazgo, su firmeza, su capacidad de representar a millones de colombianos que no se resignan al caos, su lealtad al presidente Uribe y al partido Centro Democrático.

A quienes vivieron el mismo proceso que yo, a quienes en su momento vieron en otras opciones un camino posible y a todos aquellos que hoy tienen puesta otra camiseta, los invito a hacer una reflexión serena evitando canibalizar a quienes después necesitaremos sumar. La decisión que debe tomar Colombia no orbita en las personas, sino en posibilidades reales de triunfo. En política no basta con tener razón. Hay que tener la fuerza para convertir esa razón en victoria.

Evaluemos con pragmatismo quién encarna mejor esa posibilidad. Los colombianos que creemos en la democracia, estamos aquí para ganar y para devolverle al país el rumbo que merece. Con la camiseta puesta. Convencidos de que no podemos perder. No por un partido, ni una candidatura, sino porque Colombia no resiste un paso más en la dirección equivocada.

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