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Patadas de ahogado

Lo único que hay son estertores. Movimientos finales de un gobierno moribundo.

hace 15 horas
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  • Patadas de ahogado
  • Patadas de ahogado

Por María Clara Posada Caicedo - @MaclaPosada

Hay una expresión popular, dura pero precisa, para describir a quien está a punto de hundirse y, sin embargo, agita brazos y piernas con una fuerza aparente que confunde a los observadores. Se le llama “patadas de ahogado”. En otros registros, como en el libro de conversaciones con Caballero, se habla de “patadas de ahorcado”, pero describen lo mismo. El gesto es violento, desordenado, incluso ruidoso, pero no es vitalidad, sino agonía. Es apenas el último espasmo antes del silencio perpetuo. No anuncia salvación y en cambio, anuncia el final.

Esa imagen describe con inquietante exactitud el momento que vive hoy el gobierno de Gustavo Petro. Un gobierno que está ad portas de su muerte democrática, pero que se resiste a aceptarla. Por eso patalea. Por eso manotea. Por eso resopla. No para corregir el rumbo ni para gobernar mejor, sino para fingir una energía que ya no existe. Para fabricar la ilusión de movimiento cuando, en realidad, lo que hay es agotamiento, desorden y derrota política.

Así deben entenderse las decisiones recientes y las que vendrán. La amenaza de una constituyente sin sustento, el aumento antitécnico e inflacionario del salario mínimo, los anuncios grandilocuentes que no dialogan con la realidad productiva, los decretos que sustituyen el pensamiento y las ocurrencias, algunas de ellas en aparente sobriedad, que reemplazan a la planeación. No hay una meta trazada más allá de una apuesta desesperada por entorpecer la gestión de quien llegue.

La creatividad en este “gobierno”, queda abierta no para resolver problemas, sino para ver si algo “pega”, si algún gesto extremo logra ocultar años perdidos de una gestión sumergida en la incapacidad. Porque no se trata solo de errores. Se trata de un acumulado de corrupción, ineptitud, improvisación, desgaste institucional y desprecio por las reglas. Un largo inventario de vergüenzas que el país no termina de digerir, pero que la historia, con la frialdad que da la distancia, señalará sin titubeos como un cuatrienio vergonzoso.

No es difícil imaginar cómo se toman hoy las decisiones. Salones cerrados, un presidente atrapado en su propia validación egocéntrica que, zarandeando un vaso de whisky frente a sus labios remojados, está convencido de que es un estadista incomprendido. Todo rodeado de áulicos dispuestos a repetirle que la culpa siempre es del sistema, del pasado, de Uribe. Que él está bien. Que él ve más lejos. Que algún día el mundo descubrirá su grandeza. En medio de esa dinámica aparece alguien con una idea. “¿Y si hacemos esto?”. El presidente levanta la mirada. El proponente siente que su vida cobra sentido porque el monarca ha posado sus ojos en él. No hay cifras. No hay estudios. No hay sustento técnico. No hay evaluación de consecuencias. Solo una epifanía momentánea que, por arte del poder, se convierte en política pública.

Estas dinámicas, diarias en Palacio, no pueden analizarse únicamente desde la ciencia política, el derecho o la economía. Pertenecen más bien al territorio de la literatura. A esos relatos sobre el poder decadente y delirante. A mundos como los de “El otoño del patriarca”, de Gabriel García Márquez, donde el poder envejece en su propio eco. Como “Yo, el Supremo”, de Augusto Roa Bastos, donde el gobernante confunde su voz con la ley. O como “El recurso del método”, de Alejo Carpentier, donde el decreto pretende sustituir a la realidad. Eso es lo que está pasando.

Sería un error dejarnos engañar por las pataletas normativas que veremos en las próximas semanas. Ahí no hay vitalidad. No hay proyecto. No hay futuro. Lo único que hay son estertores. Los movimientos finales de un gobierno moribundo que confunde el ruido con la fuerza y la agitación, con el fervor ciudadano. El fervor no le pertenece. El 26, tampoco..

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