Los muchachos de antes que usábamos brillantina Moroline o fijador Lechuga, a la hora de escoger películas nos guiábamos por la clasificación moral que publicaba El Colombiano. Las preferidas eran aquellas que tenían el rótulo de prohibidas para todo católico.
Para ver esas películas había que disfrazarse de mayor de edad, posar de ducho en artes amatorias, presentar carnet de afiliado a los bares de Guayaquil. Si fallaba el operativo, esperábamos el cambio de portero.
In illo témpore, ver un tobillo o un maniquí en una vitrina nos alborotaba la bilirrubina sexual. Claro que al lado del porno que hoy está al alcance de un clic, había más sexo en la sota de bastos que en esas pacíficas cintas.
En la era de internet para definir mi agenda cinematográfica,...