De las cosas necesarias de la vida es saber reconocer los errores que cometemos. Lo sé de siempre, pero lo comprobé esta semana, cuando reconocí públicamente a través de mi cuenta de Twitter que, gracias a mi “culiprontismo”, como dijo un amable y delicado seguidor, había cometido una injusticia.
Yo, que he tratado de no hacer sentir mal a nadie a propósito, por ir a las carreras trastabillé y caí en un charco de indolencia. Y lo peor es que no fui consciente de ello hasta que alguien me hizo caer en la cuenta.
No me asistió la mala fe. Eso me salva. Pero hice algo de daño y eso lo lamento.
No me costó aceptar mi error, aunque sentí que ese mal rato duraría toda la vida, que el corazón se me quedaría como un puño y que pedir disculpas, si bien...