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Isabel Gutiérrez Ramírez
Columnista

Isabel Gutiérrez Ramírez

Publicado el 13 de febrero de 2022

Medellín podría regresar a sus años más oscuros

Medellín es una ciudad resiliente, que ha logrado levantarse de los momentos más oscuros y difíciles. En la década de 1990 más de cincuenta mil ciudadanos murieron violentamente—alrededor del tres por ciento de la población promedio de esos años—. Este fue un período de desesperanza, desconfianza y profunda crisis institucional. Contra todos los pronósticos y gracias al poder ciudadano, empresarial, académico e institucional, la noche oscura pasó. Y la ciudad del No Futuro levantó su vuelo y renovó su pacto social.

Frente a la adversidad, la vulnerabilidad y la violencia, solo prevalecen la confianza y el capital social que generan educación, empleo y desarrollo. Esto es lo que se encuentra en riesgo con el accionar en el poder político local de una administración intransigente, que ha concentrado sus esfuerzos en construir una falsa narrativa de lucha de clases y ha roto el capital público y social que creíamos sólido y sostenible.

Varios temas deben preocuparnos. Primero, la pobreza en la ciudad va en aumento. El porcentaje de ciudadanos que se considera pobre está en el nivel más alto de los últimos quince años. Uno de cada cuatro medellinenses no come tres veces al día. En una ciudad con los recursos que tiene Medellín esto es un escándalo y la primera forma de contener el dolor de tantas familias es con un uso eficiente del presupuesto de la ciudad.

Segundo, EPM, la segunda empresa pública más grande de Colombia, está fracturada por dentro y su sostenibilidad es, por primera vez en décadas, incierta. Por un interés exclusivamente político, los gestores de la alcaldía intentaron que las aseguradoras del proyecto Hidroituango no pagaran. Preferían una sanción fiscal para un rival político a cuidar el patrimonio de los ciudadanos de Medellín. Luego dieron vuelta al argumento, usando el resultado adverso a sus intereses como evidencia de éxito de su gestión.

Las consecuencias de esta mala gestión trascenderán por generaciones. Ejemplo de ello es lo que ocurre con el programa Buen Comienzo, el más importante para la primera infancia en la ciudad y el país, que hoy está fracturado. La administración de la ciudad aumentó su presupuesto, pero bajó su cobertura y atención. Bajó la eficiencia del programa, encontrando operadores asociados a viejas tradiciones políticas que creíamos desterradas. Los niños de la ciudad han dejado de ser una prioridad en la agenda local. Los efectos de esto se reflejarán en aspectos como el déficit de habilidades en generaciones que deberíamos estar atendiendo y preparando para aumentar sus posibilidades de logro educativo, crecimiento económico y movilidad social perdurable.

A Medellín la cuidamos todos, y esto nos obliga a tener un rol activo en el debate y a construir esa visión de futuro prometedora y esperanzadora. Restablecer la confianza perdida, tejer las relaciones fracturadas y recuperar el proyecto colectivo es una urgencia manifiesta 

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