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Diego Aristizábal
Columnista

Diego Aristizábal

Publicado el 11 de marzo de 2022

Mi tomo perdido

Anoche, me dio por pensar un asunto hipotético. Imaginé que tú y yo éramos dos libros. Tú, un tomo precioso de anticuario; yo, alguna baratija del centro, perteneciente a uno de esos libreros que le importa más fumar que hablar de libros. ¿Qué nos unió? Una coleccionista discreta, juiciosa. Primero te encontró a ti: miró adonde nadie más había mirado. A veces hay que correr las cosas para mirar bien, untarse de polvo, torcer la cabeza ante los escaparates. Luego me encontró a mí, una tarde cuando estaba empezando a llover y no tenía libro para resguardarse de la lluvia en un café. Me tomó en sus brazos y, por primera vez, sentí que un cuerpo muerto, como creí que era yo dentro de mi pasta vieja, podía sentirme tibio. Jamás había escuchado un corazón.

Cuando llegamos a casa me deslumbró todo, las paredes estaban rodeadas de libros, pero ninguno parecía uno más. Todos parecían tener nombre y estatus, todos eran amados por la dueña. A mí me puso en una mesa, al lado del pan. Y ahí fue cuando te conocí, por eso siempre diré que tú, para mí, hueles tan rico como el pan. Al principio fuiste quisquillosa, sentí que estabas feliz hablando con un diccionario etimológico y preferí no hablar. A veces elijo guardar silencio, escuchar a quienes saben o al menos eso quieren demostrar. Yo, la verdad, nunca he sentido que sé algo; es más, mis ojos empezaron a cerrarse cuando escuché un bostezo tuyo, jamás había visto bostezar a un libro, menos a uno precioso como tú. Me quedé dormido con la voz presumida del diccionario y creo que soñé con ser, algún día, un libro de bolsillo en la playa. Pero algo me despertó, justamente cuando un niño me estaba leyendo feliz delante de su perro. Abrí mi ojo izquierdo con la esperanza de no despertarme del todo para seguir soñando con el niño y su perro, pero resultó imposible. Tu lomo estaba acariciando el mío. Tenías un poquito de frío. Yo no te abracé de inmediato, pero sí quise que te sintieras cómoda a mi lado.

Un día me contaste que te hiciste la dormida para no seguir escuchando a ese diccionario engreído. Por la mañana, la dueña nos sacó a su balcón, quería que tomáramos el sol. Yo te conté que no todos los diccionarios eran engreídos, solo aquellos a los que les gustaba recitarse en orden. Te dije, además, que a los diccionarios había que leerlos como si cada palabra fuera un poema. La mañana se nos fue volando, mirando los pájaros sin nombre y varias veces te hice sonreír. Cuando entramos, la dueña terminó de sellar la simpatía que sentíamos el uno por el otro: te puso encima de mí. Casi no podía respirar, estaba tan nervioso... yo abrí discretamente una de tus páginas y te abracé. Ese día volví a sentir el amor, entendí que había descubierto mi tomo perdido 

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