Miguel Carrasquillo no murió como quería. Murió con mucho dolor. Sufriendo. Tras meses de una verdadera agonía.
Miguel, de 35 años, quería que los doctores lo ayudaran a morir, pero ninguno lo hizo. Estaba en Puerto Rico, y las leyes ahí no permiten la llamada “muerte asistida”. Y tampoco tenía el dinero para viajar a uno de los cuatro estados —Oregon, Washington, Montana y Vermont— que sí lo permitían. (A partir del 9 de junio, California también se ha sumado a esos estados.)
En el proceso de “muerte asistida” los doctores dan los medicamentos e información necesaria para que sea el mismo paciente quien se quite la vida. Es distinto a la eutanasia, en que el médico participa activamente quitándole la vida al paciente (como lo hizo en varias ocasiones...