El ascenso más reciente de los derechos humanos se produjo en la década de los noventa cuando empezó el periodo de la ilusión cosmopolita. Los derechos humanos codificaron una ética mínima con pretensiones universales. Como toda celebración, los derechos humanos se vieron pronto abocados a convertirse en “una especie de idolatría”. Esa fue la advertencia del pensador canadiense Michael Ignatieff (“Los derechos humanos como política e idolatría”, Paidós, 2003).
Ignatieff se dio cuenta de que la inflación de las exigencias en nombre de los derechos humanos terminaría por perjudicar ese objetivo loable y visible desde la ilustración y, a la vez, compatible con el humanismo clásico. En cierto modo, nos estaba previniendo contra el fanatismo en que...