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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 25 de diciembre de 2020

Nicodemo y la salvación

Nicodemo se inmortalizó por visitar a Jesús en la noche, como lo cuenta el evangelio. Su saludo a Jesús es de una sensibilidad espiritual exquisita. “Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar los signos que tú realizas si Dios no está con él” (Juan 3, 2).

Se cree que esta visita fue en la noche por miedo a comprometerse. Con todo, su saludo es tan sutilmente delicado, que ubica al creyente en la atmósfera cantada por S. Juan de la Cruz: “En la noche dichosa, / en secreto que nadie me veía, / ni yo miraba cosa, / sin otra luz y guía / sino la que en el corazón ardía”. El contraste de la oscuridad de la noche con la luz que arde en el corazón del visitante manifiesta su condición de “magistrado”.

En el diálogo, las palabras abren espacio a lo inefable, hasta llegar un momento en que la confidencia pone en éxtasis al visitante. “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único, no para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. Como si por un momento Nicodemo viere lo invisible.

Según Juan (19,39), cuando Jesús murió, Nicodemo se presentó con cien libras de mirra y áloe, aromas que se usaban, no para embalsamar un cadáver, sino para perfumar la alcoba y el lecho nupcial (Prov. 7,17). El rumor de un amor apasionado cincelaba noche y día el corazón de Nicodemo, poniendo en cada gesto suyo una elocuencia inimaginable.

Cuando el ángel le anuncia a José que María tendrá un Hijo por obra del Espíritu Santo, le pide que le ponga por nombre Jesús, que significa ‘Yavé, Dios salva’, y así, en la confidencia de Jesús a Nicodemo aparece cumplida la orden del ángel a José.

La primera carta de Juan (4,14-16) dice: “Nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre ha enviado a su Hijo como Salvador del mundo [...] Si uno confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, Dios mora en él y él en Dios”. Jesús salva al mundo haciéndolo partícipe de su condición divina, y así, la oración, entendida como relación de amor con Jesús, es ya vivencia de salvación.

El evangelio cuenta paso a paso la vida de Jesús como Salvador. Cada palabra y cada acción suya es un acontecimiento salvador. Lo que Lutero veía así: “Que Jesús tenga dos naturalezas, eso me tiene sin cuidado, pero que Jesús sea mi Salvador, eso me llena de alegría y de consuelo”.

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