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Diego Aristizábal
Columnista

Diego Aristizábal

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No todo es “bien”

Por

diego aristizábal

desdeelcuarto@gmail.com

He llegado a pensar que las relaciones con la mayoría de personas no son más que un simple protocolo. Uno se encuentra con alguien en la oficina, en la universidad, por la calle, en un bus y después de la pregunta de rigor: “¿Cómo estás?”, ambos dan la respuesta de rigor: “Bien”, y luego, casi siempre, cada uno sigue su vida como si su mejor robot hubiera dado muestras del gran papel que desempeña en la vida cotidiana. Cada quien retoma su rumbo mientras, tal vez, alguno piensa que en realidad no está tan bien, que justo en ese momento estaba fatal pero para qué decirlo, por muy mal que se esté nunca es imposible fingir una sonrisa.

Hace poco un amigo árabe que siempre me contesta como de verdad se siente, me dijo que a él le aterraban las personas que siempre “estaban bien” porque en realidad siempre estaban mal, que él no admitía la misma respuesta todo el tiempo porque si él le pregunta algo a un ser humano, inevitablemente el otro también tiene que contestar como ser humano. Y los seres humanos pueden estar: Quebrados, confundidos, rechazados, angustiados, tristes, aplastados, vacíos, despistados, con el cerebro apagado, ansiosos, traicionados, en fin, de tantas maneras para que, supuestamente, todo se resuma en un “bien ¿y tú?”.

Así que cuando él hacía esta pregunta, que para la mayoría es un simple protocolo, era porque le interesaba el otro y quería escuchar en verdad su corazón, de lo contrario para qué lo saludaba, que esa era otra manía occidental, saludar a todo el mundo pero en el fondo, desconocer a todo el mundo, no saber qué hay en el otro o no querer saberlo.

He pensado mucho en esto últimamente, el asunto es que no estoy tan seguro de qué pasaría si en el día a día estas preguntas y estas respuestas de rigor fueran alteradas por respuestas con sentimiento real. ¿Qué pasaría si le pregunto a alguien cómo está y me responde con la verdad? ¿Estaría dispuesto a mediar con su estado o me complicaría la vida y en próximas ocasiones me abstendría de preguntarle cómo está porque sencillamente siempre es sincera y a mí podría no interesarme lidiar con su depresión, con su angustia o con sus escasas alegrías?

El asunto me resulta complejo, todo el tiempo nos quejamos porque los seres humanos no somos sinceros pero en el fondo pienso que tampoco estamos preparados para enfrentar ciertas verdades. Esto, que puede parecer una trivialidad, no lo es. Si nos escucháramos más, en todos los ámbitos, entenderíamos por fin el impacto y la variedad de las palabras que nos rondan y, tal vez, perderíamos la costumbre de cultivar las respuestas automáticas, nuestras aterradoras monotonías que, por cierto, están muy mal

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