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Cuánto ganaríamos los adultos si no perdiéramos la capacidad de mirar distinto, si pudiéramos vivir con más tranquilidad y ser menos torpes en el amor filial.
Por Diego Aristizábal - desdeelcuarto@gmail.com
¿Quieres decir que tú también crees que este niño es retrasado?, preguntó Miriam a su esposo. Si no es retrasado, entonces ¿por qué no habla? ¿Acaso el médico no nos ha dicho que no le pasa nada en el oído y que no tiene problemas físicos? Por fuerza tiene que tratarse de una deficiencia mental, respondió el esposo. No digas cosas como esas sin pensarlas. Mi hijo no es deficiente ni mucho menos, que lo sé yo. A mí me habla con los ojos, respondió la madre. Este fragmento que comparto hace parte de las primeras páginas de un libro memorable: “Una voz escondida”, de la escritora iraní Parinoush Saniee. Una novela publicada en español en 2016 que, por fortuna, Alianza Voces volvió a reeditar este año.
En esta novela el silencio nos grita lo crueles que pueden ser los niños cuando se enteran de que el otro no es como ellos y pueden humillarlo sin medir las consecuencias. Lo torpes que pueden ser los adultos al pretender que todos los hijos sean iguales, en lo posible, uno mejor que el otro dentro de los parámetros de la supuesta normalidad. Lo fácil y peligroso que es engendrar dentro de uno una rabia profunda, un odio violento como una forma de protegernos de los demás, si nos damos cuenta de que somos incomprendidos o rechazados.
Shahab tiene cuatro años y, al principio, se imaginaba que ser tonto era algo bonito, hasta le gustaba que lo llamaran así porque los niños que pronunciaban: “tonto, tonto”, lo decían con alegría y se reían, “no sabía que la gente podía reírse por otro motivo que no fuera estar contento. En fin, ¿qué iba a hacer, si era tonto?”, dice la voz interior de Shahab.
¿Pero en realidad es tonto este niño por el simple hecho de no hablar? ¿Qué hay de malo en no hacerlo? ¿Por qué la culpable podría ser la madre? ¿Cómo se defiende alguien que no habla en este mundo? ¿Con quién vale la pena hablar?
Esta es una historia sobre la importancia de saber expresar el amor, el afecto, los sentimientos, que no son una bobada como a muchos les han hecho creer, especialmente a los hombres, tanto en Irán como en nuestra cultura. Esta es una novela sobre las diferencias, sobre el valor de las rarezas, sobre la importancia de darnos cuenta de que los intercambios de frías palabras no estimulan en absoluto las ganas de hablar. Sobre el valor que tiene el simple acto de que una familia se reúne a escucharse, a contar chistes, a quererse desde las diversidades. “Unos padres ariscos tienen hijos ariscos”, dice la abuela materna, Bibi, un personaje fundamental que llega a casa y ayuda a romper el hechizo, los miedos, le recuerda a su hija la diferencia entre la aprensión y el amor. Cuánto ganaríamos los adultos si no perdiéramos la capacidad de mirar distinto, si pudiéramos vivir con más tranquilidad y ser menos torpes en el amor filial.