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Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 02 de julio de 2022

Noche oscura

El informe de la Comisión de la Verdad, revelado esta semana, que hay que estudiar casi como una obligación de conciencia, es un paso insoslayable para sacar a Colombia de la oscura noche de la guerra. Y es también el comienzo de una noche oscura de la esperanza que reta a la sociedad y a cada colombiano.

Hablar de Noche Oscura alude, por supuesto, a san Juan de la Cruz (1542-1591), el gran místico carmelita español que en el siglo XVI escribió el excelso poema de “La noche oscura” y su comentario en prosa, amén de otros poemas (también comentados por él) que son culmen de la lírica española y de la literatura espiritual.

Siguiendo la terminología del místico carmelita, el proceso de purificación que implica hacer la paz y dejar atrás la guerra tiene dos dimensiones: una noche oscura del sentido que transforma las actitudes y los comportamientos. Y una noche oscura del espíritu que exige renunciar a una mentalidad que impida el trasiego hacia una sociedad pacífica.

Eso lo dije ya hace años y entonces acuñé la expresión “noche escura de la paz”. Que así, creo, se puede calificar esta angustiosa prueba a la que nos sometió el conflicto armado y lo es también el postconflicto. Estar ahí metidos como nación y como personas nos ha hecho bordear la tentación de la desesperación y la desesperanza, de la venganza y la retaliación.

Hay una mística y también una ascética de la paz, en la que se exige la práctica de unas virtudes que, traducidas a nuestra situación, no son otras que el pluralismo, el respeto por la vida, el perdón, la convivencia, la fraternidad, la justicia social.

Volvamos a la doctrina de san Juan de la Cruz. El místico español plantea tres noches oscuras para las tres potencias del alma: purificación del entendimiento por la fe (noche de la fe), purificación de la memoria por la esperanza (noche de la esperanza) y purificación de la voluntad por el amor (noche de la caridad). Lo que, traducido, significa: a) acrisolar la vivencia y el concepto de paz, pues si no creemos en ella, nunca la conseguiremos; b) abrirse al futuro, que eso es esperanza, para lograr perdón y olvido; c) abrirnos al amor, a la voluntad de paz, es decir, despojarnos de odios y venganzas.

Me atrevo a concluir con un concepto que también hace años expresé en una columna, en el sentido de que la paz es una vivencia mística, pero no precisamente religiosa, aunque tarde o temprano tiene que tocar las fibras hondas de la religión, de la religiosidad, cualquiera que sea la confesión a la que se adhiera. Y que un compromiso con la paz, desde una convicción de fe, pero no como mojigatería religiosa, no debe echar mano del fanatismo, como se hace para alentar las guerras. La paz como mística, o, si se quiere, la mística de la paz, implica la trascendencia de las mediaciones (diálogos, negociaciones, aspectos jurídicos y políticos, etc.) para convertirse en un objetivo que arrastra, purificando las instituciones, la sociedad, los resentimientos de las partes que se enfrentaron en la guerra, las actitudes de todas las personas. No hay paz sin perdón, sin reconciliación, sin justicia social. Hay que extirpar del corazón y de la sociedad los odios, la sed de venganza, la radicalización, la intransigencia, la explotación de los demás, el egoísmo 

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