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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 08 de diciembre de 2021

Nora,
la de “Isaac y Nora”

Se acuesta usted en la silla plástica del odontólogo y se encomienda a los hados. El profesional le va a repetir un implante molar que no ha querido amañarse en la encía. Anestesia, respirar hondo, sentir cada pinchazo como un castigo medieval. Lo peor: luego de tres intentos, quién sabe si esta vez el tornillo israelí prenderá en el hueso. Duda y pesimismo.

En el fondo del túnel suena una vocecita, un gorjeo. “Es Nora, la de Isaac y Nora”, explica el implantólogo. La mente reconoce esa figura mínima en las redes, de pómulos cargados, ojos asiáticos, frente enorme y sonrisa, sí, una sonrisa que sale por parejo de aquellos ojos y de los labios de diez años de edad.

Al lado de su hermano en la trompeta y de su padre coreano en la guitarra, Nora silabea con lentitud “Reminiscencias” de Julio Jaramillo. En los intervalos no para de sonreír, como si su acento francés necesitara el auxilio de ese gesto bandido que delata un diente de leche faltante.

¿Diente? Usted vuelve en sí porque está en un ambiente donde manda la dentadura. Nota que el murmullo de Nora lo traslada a una flotación en la que no hay dolor, ni dudas, ni pesimismo. Sabe que la música cura el alma, pero desconoce que su eficacia se prolonga hasta el cuerpo.

“Grrracias a la vida”, entona la niña de Bretaña, al occidente de Francia, sobre el Atlántico. Sigue con porros, cumbias, Lucho Bermúdez, son cubano, boleros, “Caballo viejo” de Simón Díaz. Tal vez usted siente que no es ella la que canta, sino que el tono viene de su propia infancia ya envolatada en la larga distancia. Más aún, que canta el universo cuando era niño y todo era simple.

El odontólogo termina su trabajo, formula antibiótico y analgésico. Muy a sus adentros, usted ahora confía. Si Nora sin saber español es capaz de interpretar a Agustín Lara y “Arroz con coco”, frente a la cámara de su madre francesa, usted entonces se convence de que el reimplante será un triunfo.

No lo comenta con el especialista de buen gusto musical. Se limita a dar gracias a la vida por la gracia y placidez de la minúscula intérprete de las canciones latinoamericanas mágicas. La consulta termina con “Veinte años”, el aire de las mil versiones, entre las que descuella la de Omara Portuondo. Fue precisamente la melodía habanera que hizo conocer a Nora cuando tenía ocho años 

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