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Nuevamente, el miedo como forma de gobierno

El sistema viene sufriendo un desgaste continuo durante este siglo, diluyéndose entre algoritmos, odio digital y polarización salvaje.

hace 7 horas
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  • Nuevamente, el miedo como forma de gobierno

Por Diego Santos - @diegoasantos

Que quede claro que en los gremios económicos el mensaje caló desde temprano. O se alinean con Abelardo De La Espriella, o la continuidad de sus directivos se volverá insostenible. Los defensores del Presidente podrán maquillar la reciente jugada en la Cámara Colombiana de la Infraestructura (CCI) con cualquier pirueta retórica, argumentando que la economía exige una luna de miel entre empresarios y Casa de Nariño; o que el Ejecutivo tiene derecho a sugerir hojas de vida; o que los vetos de los mandatarios en los gremios son algo común. Recordemos lo que hizo Iván Duque en su momento con Frank Pearl en Asocaña. Las excusas sobran, pero la realidad es una sola: los gremios tienen miedo.

El silencio sepulcral en el chat de miembros del Consejo Nacional Gremial en torno a lo ocurrido con Carolina Soto retrata de cuerpo entero la zozobra reinante. La intimidación calculada busca doblegar voluntades para que todos marchen al paso de la prometida patria milagro de De La Espriella. No ha pasado ni un mes desde la posesión y la promesa de gobernar para todos quedó reducida a las cenizas.

Este estilo de gobernar no es un tropiezo, sino exactamente lo que una porción mayoritaria del país salió a respaldar en las urnas. Fue el triunfo de una rabia acumulada contra el establecimiento tradicional, tanto de derecha como de izquierda -y sí, Petro es del establecimiento-. El mandato popular pidió extirpar cualquier vestigio del pasado institucional, y el mandatario está ejecutando ese libreto al pie de la letra. Si bien el proceder atropella las formas republicanas, conecta con un electorado primario que aplaude el puño de hierro y confunde el despotismo con la eficiencia. O como dirían, con la extrema coherencia.

No es un fenómeno aislado de Colombia. Ocurre a escala global cuando las sociedades se cansan de las promesas vacías y entregan cheques en blanco a liderazgos mesiánicos. El problema radica en que esa embriaguez autoritaria siempre pasa factura. A corto plazo genera aplausos y disciplina (forzada), pero a mediano y largo plazo destruye la confianza inversionista, asfixia la independencia técnica y devora los contrapesos institucionales.

La historia reciente de Venezuela con la purga de las cúpulas productivas, el sometimiento del sector privado en Nicaragua o la sumisión empresarial frente al poder en Turquía demuestran que, cuando el gobernante decide quién puede liderar los sectores productivos, la economía termina pagando los platos rotos con fuga de capitales y estancamiento. No obstante, el fondo de este asunto va más allá del pulso coyuntural por un gremio. La gran incógnita es si la democracia liberal, tal como la conocíamos, llegó a su fecha de caducidad. El sistema viene sufriendo un desgaste continuo durante este siglo, diluyéndose entre algoritmos, odio digital y polarización salvaje. La democracia se ha venido fracturando porque la grandeza y la altura en el ejercicio del poder desaparecieron para dar paso a la mezquindad del revanchismo.

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