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Alberto Velásquez Martínez
Columnista

Alberto Velásquez Martínez

Publicado el 25 de septiembre de 2019

¡Oh democracia!

¿Qué democracia es la colombiana, cuando no solo la trashumancia en inscripción fraudulenta de cédulas, la transfugancia de candidatos por los partidos, los dineros calientes para comprar votos, le restan transparencia a los comicios, sino que un alto número de candidatos a las corporaciones públicas, están amenazados de muerte? ¿Se podrá llamar democracia plena, a un sistema amedrentado para escoger con libertad los postulantes a regir los destinos de sus regiones y localidades? La democracia colombiana se está quedando en caricatura. En una mala caricatura.

La actual campaña electoral atraviesa un drama. Eso de que todas las colectividades, grupos y subgrupos políticos, tengan candidatos en la mira de los violentos, es aberrante. El director de la Unidad Nacional de Protección, estima que 1.533 candidatos tienen la soga al cuello. Un número suficiente para que al país se le declare como democracia inviable, como organización tribal.

No hay recursos suficientes para amparar tantos amenazados. Ni carros blindados ni escoltas. Es una democracia expuesta a todas las contingencias de un sistema taladrado por los más bajos instintos de sujetos militantes en las diversas modalidades de violencia que no se consideraron en el proceso habanero. Una demostración más de que la vida en Colombia tiene poco valor y que se carece de un Estado de derecho fuerte que tenga herramientas jurídicas para implantar la justicia y el orden en el elemental ejercicio de la libertad del sufragio.

La intolerancia está matando la democracia. No hay debate civilizado sino enconado. Las más bajas pasiones enmarcadas en la injuria y la calumnia ocupan los mejores espacios para dirimir los conflictos ideológicos. Y las redes sociales, ya desmesuradas, amplifican los ataques para convertir la contienda electoral en un campo de Agramante. Como decía en su columna de EL COLOMBIANO el comentarista internacional Jorge Ramos, “las redes sociales son una jungla. Siempre hay alguien atacándote y no sabes qué es lo que te pica y hasta la mejor de las intenciones termina tergiversada y aplastada”. Redes tan necesarias para agilizar la comunicación y democratizarla, se han ido convirtiendo “en un tóxico para la democracia”.

Pareciera que el país estuviera reeditando la violencia de los años 40 del siglo pasado. Aquella regida por la lucha que no daba respiro ni tregua de los dos partidos históricos. Que dejó tantas tumbas y cruces en cementerios y caminos. La misma en donde brillaban los machetes de los ebrios en las cantinas alienados por las arengas de los caudillos en plazas públicas y Congreso. Ahora esa violencia se le estimula a través, no ya de micrófonos incendiarios, sino por el desbordamiento de las redes sociales.

Anoche ha debido hacerse un debate en el Senado sobre la violencia electoral. Seguramente se escucharon voces de los intransigentes y sectarios de izquierda y derecha. Presumiblemente las reflexiones y la sensatez fueron escasas en la polémica. El debate ha debido quedar en un nuevo saludo a la bandera, que obligará a las víctimas de la violencia a seguir con resignación cristiana repitiendo la frase del orador grecopayanés: “¡Oh democracia, bendita seas aunque así nos mates”.

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