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Juan Camilo Quintero
Columnista

Juan Camilo Quintero

Publicado el 28 de mayo de 2019

Orwell y la posverdad

Hace poco tuve la oportunidad de leer el libro de Alejandro Gaviria, Siquiera tenemos las palabras, una declaración de amor a literatura, a algunos autores, y que, como es inevitable en estos casos, termina siendo una declaración de principios. En efecto, el libro de Gaviria va de Borges a Huxley, pasa por Lem, recuerda la poesía de Nicanor Parra, es un compendio de libros y escritores, pero más que nada es un derrotero ético. Y en este sentido, me pareció esclarecedor el ensayo sobre George Orwell y la corrupción del lenguaje.

Lo que plantea Gaviria, es aún interesante, pues la importancia de Orwell para él, no está derivada necesariamente de 1984, su novela más famosa, si no de sus ensayos sobre la corrupción del lenguaje. Para Orwell, dice Gaviria, el gran peligro de nuestra época recae en la manipulación del lenguaje por parte de quienes detentan el poder. Me quiero detener en ese punto, porque creo que esta reflexión de Orwell, además de fundamental, pone el dedo en la llaga que nos aqueja.

En efecto, en tiempos de redes sociales, de corrupción rampante, es inevitable que algunos, ya no solo en el campo político, sino también en el económico, científico, y cultural, manipulen el lenguaje hasta el punto de hacer borrosos hechos que de otra manera no serían así. Esto es, conscientes del poder del lenguaje, algunos “poderosos” pretenden crear una verdad paralela, amañada y distante de la realidad. Hoy día, a esta manipulación se le conoce como posverdad, que no es otra cosa que hacer que una mentira parezca cierta a fuerza de torcer y de corromper el lenguaje.

Preocupa que cuando las redes sociales y los medios permiten llegar a millones de personas con una facilidad increíble, algunas personas abusen del poder desdibujando los hechos, desmintiendo argumentos, y amañando los propios para atender oscuros intereses. Qué bueno volver a poner en el centro de cualquier discusión argumentos fundados, basados en la evidencia, y no en la repetición obstinada de mentiras y de afirmaciones infundadas.

Para nuestros ancestros la palabra tenía un valor supremo, y empeñarla era sagrado e implicaba de muchas formas empeñar la vida. Pero como bien lo anticipa Gaviria, para nuestro infortunio vivimos tiempos de Orwell, del deterioro de las palabras y de la verdad. Aún estamos a tiempo de hacer que las palabras reflejen la realidad que las precede, de salvarlas del contagio de la mentira y de la manipulación que a fin de cuentas benefician solo a unos pocos, a los cuales, además, el tiempo más temprano que tarde terminará quitándoles la razón.

Los ciudadanos de a pie esperamos de nuestros líderes honradez y sensatez frente al uso de la palabra. Hoy más que nunca Colombia reclama unidad sobre ciertos acuerdos fundamentales pero también honestidad en las palabras que emitimos cada momento, inclusive en situaciones cotidianas y particulares. Qué daño hacen quienes buscan dividir creando verdades a medias y volviendo mentiras verdades para conseguir un objetivo.

Veo en el libro de Gaviria palabras de esperanza: hacer que las palabras promuevan la verdad y que dejen de ser esclavas del poder y la mentira.

PD: Qué gran elección la de Alejandro Gaviria en la rectoría de Uniandes.

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