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Que 50 años no son nada

Este devoto suyo aprovecha la conmemoración del medio siglo de su viaje para desearle que siga meciéndose eternamente en su hamaca más allá del sol.

hace 60 minutos
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  • Que 50 años no son nada
  • Que 50 años no son nada

Por Óscar Domínguez Giraldo - oscardominguezg@outlook.com

Adelantado don Gonzaloadolfoarango, salud. No puedo decir que fui su amigo, que lo conocí, que departimos en el salón Versalles o en el café Metropol de Medellín. Que tomamos tinto, trago, o metimos marachafa juntos. Que echamos paja en la librería Aguirre de la calle Maracaibo.

Mentiría miserablemente si dijera que conozco el municipio de Andes donde usted nació producto de un erótico tas-tas de papá Francisco y mamá Margarita, destinarios principales de un libro insólito: “Oleajes de la sangre”. Más raro aún: en las cartas a su familia que publica el libro, usted anunciaba la disolución del nadaísmo. Mientras tanto, en la calle, su persona, profeta, predicaba el evangelio nadaísta. O sea, usted le puso conejo a su propio invento. Bonito, ¿no?

Podría desmentirme si juro que lo saludaba cuando iba a Envigado a visitar al Brujo Fernando González, o a Rosa Girasol, su compañerita made in USA, y a sus cuatro hijos, incluido Michael Smith quien se convertiría en su biógrafo en imágenes que están disponibles en Elprofetagonzaloarango.com. O en otraparte.org que transmitirá los actos de mañana con motivo de los 50 años de su muerte.

No puedo jurar que me di cuenta cuando sacudió a Medellín con ese tsunami llamado nadaísmo; me escapé de que me reclutara para su causa literario-filosófico-política.

Pero le cuento: a los que en los años sesenta íbamos por la calle mechudos, con angustia existencial, posando de intelectuales, nos decían nadaístas. Nunca rectifiqué porque me halagaba la idea de “pertenecer” a una secta irreverente que espantaba a la parroquia medellinense. Ustedes olían a pecado mortal, a excomunión reservada a veinte papas.

Lo ví vagar en Bogotá con Angelita, su Yoko Ono inglesa, seguido por apóstoles suyos como Elmo Valencia, Eduardo Escobar, Jotamario. Pasar cerca de usted mejoraba currículos. Al menos el mío.

No estoy cañando cuando recuerdo que usted iba a tomar el mentiroso sol bogotano en un parque cercano a mi apartamento por los lados de La Perseverancia. A mi pequeña hija que resultó poeta a mis espaldas, le decía: No interrumpamos a ese señor flaco como don Quijote, tímido cual monja de clausura, medio vagabundo, de avara sonrisa, porque debe estar haciendo versos.

Don Gonzalo Adolfo: no me gustó ni poquito que desocupara el amarradero a los 45 abriles. Si hubiera seguido tecleando, lo imagino muerto de frío en Estocolmo, enruanado, recibiendo la medallita y los dólares que acompañan el Nobel de Literatura. Gustoso le habría cargado la maleta.

Este devoto suyo aprovecha la conmemoración del medio siglo de su viaje para desearle que siga meciéndose eternamente en su hamaca más allá del sol.

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