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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 28 de junio de 2019

Pedro y Pablo

Pedro y Pablo son dos nombres familiares para el creyente, que encuentra en ellos dos líderes extraordinarios de la fe. El acontecimiento de la revelación determinó en ambos, de modo diferente, la grandeza de su personalidad, hasta el punto de que su comportamiento será siempre motivo de admiración y seguimiento.

Un día Jesús pregunta a sus discípulos quién es él, y Pedro contesta: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Y Jesús le responde: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.” Y Jesús, lleno de entusiasmo, agrega: “tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 16-18). Jesús felicita a Pedro porque el Padre celestial le ha revelado lo que sabe.

Y San Pablo cuenta así su vocación de apóstol: “Les hago saber, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí, no es de orden humano, pues yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo [...] Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que lo anunciase entre los gentiles” (Gálatas 1, 11-16). Un acontecimiento portentoso de revelación determinó también la vocación de Pablo.

Para Ratzinger, “revelación quiere decir todo el hablar y obrar de Dios con los hombres”, además, la revelación “quiere decir una realidad, de que la Escritura da noticia, pero que no es simplemente ella misma”.

La Escritura no es la revelación, sino que habla de ella, pues “la revelación trasciende a la Escritura en la misma medida que la realidad trasciende de la noticia de sí misma”. Dios no es lo que el hombre dice de Él. Lo que el hombre dice de Dios remite a Dios. Y cuando el hombre habla de Dios con verdadero sentido es porque Dios mismo se le ha revelado.

Todo ser humano es sujeto de revelación, y de cada uno depende el disponerse para percibir y acoger a Dios, que se le revela, sabiendo que la oración, entendida como relación de inmediatez de amor con Dios, es el modo apropiado de disponerse.

La revelación es la gran tarea de las instituciones educativas, comenzando por la familia, de manera que los modos de oración, como petición, alabanza y acción de gracias, se fundamenten en la oración, como relación de amor con Dios. La lección asombrosa de Pedro y Pablo para el hombre del siglo XXI.

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