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Juan Gómez Martínez
Columnista

Juan Gómez Martínez

Publicado el 27 de enero de 2022

Pegado de una telaraña

Contra toda la lógica, contra la opinión pública, contra los estudios serios y técnicos, el alcalde insiste en acabar con la obra más grande de la ingeniería colombiana y más importante para el futuro energético del país. Parece un capricho del mandatario, parece que no acepta que ha cometido un grave error o parece un compromiso con sus jefes de izquierda para frenar el desarrollo de Colombia. Pareciera que llegó al manejo de la ciudad como para vengarse de su cacareado origen humilde, como si le doliera ese origen tan aprovechado para su demagogia, pero que lo afecta tanto en su ego. No oculta, con sus actitudes, el odio que les tiene a la ciudad, a sus habitantes, a su clase dirigente. Quiere acabar con todo lo positivo de Medellín. Le estorba el Jardín Botánico, le molesta Ruta N, quiere que haya huecos en las calles, quiere tirar otra vez a los humildes venteros a la calle y volver a congestionar el centro con vendedores ambulantes, le está vendiendo los locales de los bazares a una firma de seguridad bogotana, no quiere un tráfico organizado, no hay guardas de tránsito para hacerlo.

No quiere una ciudad limpia, quiere acabar con la frase que la califica como La Tacita de Plata, eso le molesta. Es amigo de las basuras, las tiene por todas partes, las zonas verdes están llenas de esa suciedad.

Ahora quiere acabar con las empresas públicas más bien manejadas del país, las Empresas Públicas de Medellín. Unas empresas de servicios que no han recibido un solo peso de la nación, que se han hecho, a lo largo de sesenta y cinco años, con el solo esfuerzo de los antioqueños. Eso lo molesta, le duele que se progrese tanto en las empresas del Estado como en las empresas privadas. Ya se dio cuenta de que el empresariado antioqueño es un ejemplo que nos indica que la izquierda, que ataca a ese empresariado, está dolida porque él le muestra a una comunidad que con la empresa privada se desarrollan los países, que no hay que apelar al comunismo para ese desarrollo.

El alcalde Quintero se siente perdido, está colgando de una débil telaraña, construida por él, para no dejarse caer. Acude a todas las instancias para sostenerse, no tiene la entereza para reconocer que se equivocó cuando pensó que podía acabar con una ciudad pujante como Medellín. Apela hasta llegar a juzgados de Bogotá para no dejarse tumbar. Busca a quienes no conocen la ciudad para conseguir lo que su debilidad no encuentra en la ciudad que mal-gobierna.

Lo grave es que su debilidad de razonamiento no le permite dase cuenta de que no lo queremos porque no le está sirviendo a Medellín. Más bien, pretende servirse de la ciudad y servirles a sus parientes y amigos. Si no es capaz de renunciar, como lo hubiera hecho cualquier ciudadano honesto, hay que sacarlo con el voto popular en la consulta.

Alcalde Quintero, dese cuenta de que no lo queremos más en el manejo de Medellín 

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