Bastan unos minutos en cualquier sede de EPS para percibir el malestar de los usuarios. El porcentaje más alto es de pensionados o cercanos a la jubilación. Muchos, por dos décadas, no supieron cuál era su unidad de servicios. Ahora, lo tienen claro, y empiezan a sentirse parte del paisaje al que acuden una vez por semana. Las caras son las mismas, y, cada vez, en situación más lamentable. Para algunos se ha vuelto tan familiar este espacio, que en algunas taquillas no les piden documento de identidad, y los saludan por su nombre. Años atrás, fueron de esa amplia generación que se ufanaba de no requerir servicios médicos. Como a los jóvenes de hoy, no les dolía una muela, pero aportaban.
Si afinas el oído, te enteras que el sitio, más que servicio...