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Petro y Cepeda se toparon con una mayoría que detesta la guerrilla de La Habana que goza de impunidad y beneficios, y un Cepeda con nexos con ellos.
Por Melquisedec Torres - @Melquisedec70
La izquierda colombiana podrá volver al poder cuando decida abandonar las absurdas y destructivas intenciones de refundar el país y tumbar el sistema capitalista. Y si desiste de hacerlo a través de la rebelión, la “resistencia” y la revolución, usando métodos ya desuetos en el mundo ideológico, tan abandonados como la naftalina, esas bolitas de desagradable olor con las que las abuelas protegían la ropa en los armarios. Esta izquierda que busca explicaciones a su derrota estruendosa, no por la diferencia de votos – bastante estrecha- sino por el perfil de quien los derrotó, no ha entendido que la mayoría les detesta por motivos más elementales de lo que parecen querer explicar sesudos analistas políticos, estadísticos detallados y hasta nigromantes del poder.
Entre las hipótesis del por qué Abelardo le ganó la Presidencia del país a la izquierda atornillada en el poder, se pasa por alto el influjo negativo y poderoso del Acuerdo de La Habana en 2016 y el resultado en contra del plebiscito. Si bien poco menos de la mitad del país respaldó ese pacto de paz, la otra mitad con ligera mayoría se opuso, ganó y sintió traicionada su voluntad democrática al conservarse los elementos de su rechazo: impunidad para grandes criminales de lesa humanidad de las Farc mediante el enrevesado y engañoso mecanismo de “justicia” de la JEP y, para mayor indignación, la odiosa dádiva de llegar al Congreso con curules gratis sin pagar un día de cárcel, con reparaciones denigrantes hacia las víctimas y con una “verdad” menos que a medias.
La victoria de Duque en 2018 fue posible, no solo por su impecable campaña (otro fue el balance de su gobierno) sino porque supo concentrar la indignación contra ese Acuerdo, representado en Juan Manuel Santos y Gustavo Petro.
En 2022, de nuevo Petro en escena, a la derecha indignada además por los desastrosos efectos del violento “estallido nacional” solo le bastaba tener un candidato de peso para ganar. Se atravesaron un Federico Gutiérrez con debilidad en los debates y una campaña enfocada en demasía en el poder de las maquinarias políticas, y el más exótico outsider, el ingeniero Rodolfo Hernández. Este, finalista por sorpresa, decidió abandonar el ring cuando comenzaba el último asalto. E incluso Petro debió recoger la maquinaria abandonada por Fico, aliarse con los más peligrosos criminales en las cárceles y volcar decenas de miles de millones de pesos ilegales para triunfar apenas por 3 puntos.
Y ahora Petro, con su anti-candidato Cepeda, pretendió hacer lo mismo aliado con criminales, ya con la plata de nuestros impuestos y medidas populistas como el exorbitante aumento del salario mínimo. Pero se toparon con una mayoría que detesta lo que huela a esa guerrilla de La Habana que goza de absoluta impunidad y beneficios, y un Cepeda con estrechos nexos con ellos, tantos que su padre fue fundador de las Farc desde el Partido Comunista.
Incluso pudieron ganar. Ahí está el gran mérito de Abelardo: pese a su perfil complicado, antecedentes harto cuestionables y una personalidad arrogante, construyó una campaña sólida y consistente en mensajes contra lo que representan Petro y Cepeda, poderosa en marketing, con estrategia sofisticada y un discurso del mejor vendedor de Herbalife. Ya veremos, desde el 7 de agosto, si esas promesas de mercadeo se vuelven realidad. Si la izquierda quiere ser de verdad alternativa al poder, les basta con abandonar a Petro y las Farc.