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The New York Times
Columnista

The New York Times

Publicado el 31 de octubre de 2016

POR QUÉ EL HALLOWEEN EN LA UNIVERSIDAD ES TAN MIEDOSO

Por MARK BAUERLEIN
redaccion@elcolombiano.com.co

Se está aproximando Halloween, la época más aterradora del año para los administradores universitarios. El debate sobre cuáles disfraces son demasiado ofensivos para el campus motiva emociones exageradas. El año pasado Yale perdió a miembros valiosos de su profesorado por una carta que uno de ellos escribió cuestionando las prohibiciones de algunos disfraces de Halloween. La disputa subsiguiente fue una verguenza nacional y le costó a Yale $50 millones en nuevas iniciativas de diversidad.

Las universidades tomaron nota. La Universidad de la Florida advirtió que algunos disfraces “perpetúan estereotipos negativos causando daño y ofensa a grupos de personas”, y mantendrá servicios de terapia para estudiantes quienes se sienten ofendidos por algún disfraz. El decano de asuntos estudiantiles en la universidad Tufts motiva a estudiantes que ven un disfraz ofensivo para que lo reporten, y promete investigaciones rigurosas que podrían resultar en “sanciones disciplinarias”.

Es innegable que los administradores están bajo mucha presión por parte de estudiantes furiosos, cuyo dolor y humillación encuentran su origen en expectativas defendibles. Y no es fácil para oficiales universitarios decir a un estudiante de 19 años quien pertenece a una minoría y fue reclutado con promesas de cálida inclusividad, o a un estudiante de primer año que está pagando una matrícula de US$ 50.000 al año, que sea fuerte y vuelva a su trabajo.

De hecho oficiales universitarios no pueden decir mucho de nada que huela a guianza moral a los estudiantes y tal vez ese es el verdadero origen de esta hipersensibilidad y censura. Restricciones autoimpuestas para Halloween son ridículamente excesivas por una razón específica: cuando los estudiantes van a la universidad, entran en una cultura de caos moral, emocional y social, y ya no tienen familia y viejos amigos cerca para decirles qué hacer.

Es confuso ver dónde muchos estudiantes trazan la línea entre correcto e incorrecto. Treinta y nueve por ciento de los estudiantes universitarios han consumido alcohol en exceso al menos una vez en el último mes. La mitad de ellos usa drogas ilícitas. La cultura sexual en el campus es nublada moralmente, como mínimo. Uno de cada cuatro estudiantes tiene una enfermedad de transmisión sexual, según una encuesta, mientras que otra muestra una discrepancia entre cómo estudiantes mujeres y hombres entienden las relaciones sexuales: el 66 por ciento de las mujeres dice que están en una relación “comprometida” mientras que solo el 38 por ciento de los hombres lo dicen. Estas estadísticas alimentan lo que el reportero de educación Craig Brandon llama “La Fiesta de Cinco Años”.

Y cuando se trata de comportamiento ofensivo, uno rara vez escucha a estudiantes criticar o vigilar la música pop que está repleta de insultos abusivos, en su mayoría sobre las mujeres. La profanidad, en general, no parece ser nada que preocupe a los estudiantes. Camine por una cafetería llena de gente y groserías salen de boca de estudiantes como si el vocabulario les fallara. Cuando digo, “Ey, cuidado con el lenguaje, sí?” me miran con incomprensión, sin darse cuenta de que han dicho algo ofensivo.

Sin embargo, oficiales universitarios no les dirán a los estudiantes que eviten este tipo de cosas terribles. Establecer códigos de comportamiento que limitan esa cultura promiscua y la profanidad, esas propiedades anticuadas, es sexista y puritano, nos dicen.

Los administradores podrán evitar el establecimiento de cualquier tipo de parámetros sociales, pero no han reemplazado viejos códigos de comportamiento con ninguna visión moral positiva clara. Los estudiantes no oyen mucho sobre el tipo de seres humanos que se supone deben ser con la excepción de palabras como “éxito” y “logros”.

Con disfraces de Halloween, vemos a los estudiantes defender apasionadamente los derechos de otros, asistiendo a seminarios de “Cultura, No Disfraz” sobre la apropiación y cómo desmotivar pintas que tienen su origen en estereotipos raciales o culturales.

Si los administradores no erigen estándares de conducta, los estudiantes sí lo harán. En ocasiones es cierto que parecen quejumbrosos y totalitarios, y eligen los pretextos equivocados, como Halloween, pero claramente el ímpetu viene de un lugar de respeto y decencia

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