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Julián Posada
Columnista

Julián Posada

Publicado el 09 de octubre de 2021

Presencialidad

Fui testigo silencioso del dolor, la angustia y la incertidumbre de unos padres frente a la salud mental de su hijo, quien estuvo varios días internado en una clínica por problemas asociados con dificultades en su aprendizaje. El niño de solo doce años presentaba un cuadro de ansiedad y requirió acompañamiento especial para su reinserción al medio escolar, esas son las consecuencias que le dejó el encierro.

Antes de pandemia existían muchos de los problemas mentales que preocupan a padres y doctores, pero el encierro transformó las rutinas e hizo que niños y adolescentes sientan miedo, rabia, impotencia e incertidumbre sobre su futuro. Muchos de ellos no son capaces de manifestar sus temores ni de verbalizar sus angustias acerca de las dificultades económicas que están viviendo sus hogares, sobre su educación o sus dificultades para divertirse.

Por desgracia, ellos son otros olvidados de esta pandemia, fueron los primeros en ser encerrados y aún hoy muchos continúan en esa condición. Se calcula que en Colombia son al menos cuatro millones, de los cuales seguramente miles nunca volverán a un aula de clase, lugar fundamental para su bienestar y formación.

En mi mente: promover, proteger y cuidar la salud mental de los niños, es el título del informe de la Unicef sobre el estado mundial de la infancia. Según él, 166 millones de adolescentes sufren algún trastorno mental, 89 millones son hombres y 77 millones son mujeres, pero, tristemente, solo el 2 % de los presupuestos para salud de los gobiernos en el mundo se destinan a atender este problema, aunque uno de cada siete niños y adolescentes entre diez y diecinueve años lo padezca y 45.800 se suiciden al año. Entre los quince y diecinueve años el suicidio es la cuarta causa más frecuente de mortandad, después de las lesiones por accidentes de tráfico, la tuberculosis y la violencia interpersonal.

Según un análisis realizado por la Escuela de Economía y Ciencia Política de Londres, incluido en el mismo informe, las pérdidas económicas provocadas por los trastornos mentales que derivan en discapacidad o muerte entre los jóvenes en América Latina y el Caribe se estiman en casi 30.600 millones de dólares al año.

¿Cuántos más niños con problemas mentales necesitamos para que el Ministerio de Educación, las secretarías regionales y los sindicatos se concienticen del daño ocasionado a nuestros jóvenes por el encierro? ¿Por qué tantas fallas logísticas y tanta negligencia para lograr que esos millones de niños regresen a la presencialidad en sus aulas? Aún hoy hay al menos 30 secretarías de Educación que tienen menos del 40 % de sus estudiantes matriculados en la presencialidad —la cifra es del último estudio realizado por la Fundación Empresarios por la Educación—.

Algunos adultos olvidan que la escuela es para muchos niños y adolescentes un espacio que acoge y protege del maltrato, la desnutrición y el aislamiento, un oasis frente a la incertidumbre de su hogar.

Aún es un reto hablar de salud mental y bienestar emocional, pero si el entorno y las herramientas resultan adecuadas, la mayoría de estos niños que hoy están angustiados en sus casas podrá normalizar sus vidas. La presencialidad ayudaría a ello. ¿Qué más se necesita para entenderlo?  

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