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Alberto Velásquez Martínez
Columnista

Alberto Velásquez Martínez

Publicado el 06 de noviembre de 2019

¿Primavera política?

Mientras en el Cauca la violencia arrecia contra las tribus indígenas –como en los peores tiempos del conquistador Lope de Aguirre, quien arrasaba países de América imitando a Atila, el “azote de Dios”– los colombianos siguen acusando a muchos protagonistas de la pasada controversia electoral del abuso del lenguaje frenético. De una pugna política semejante al mismo lenguaje virulento que en años pasados precipitó las masacres más demenciales, forzando como la más viable e imperfecta salida del momento, la creación del Frente Nacional. Se creía que con sus 16 años de vigencia, se derrocaba y borraba al dictador Rojas, se anestesiaba el crimen, se saciaban los apetitos burocráticos del bipartidismo, y se lograba exterminar la lucha liberal-conservadora, partidos que más parecían tribus de caníbales que colectividades civilizadas.

Ante ese nuevo cuadro de sectarismo –que apareció con fuerza en las pasadas elecciones regionales y locales– grandes contingentes de juventud, que hoy irrumpen en el mercado electoral, mostraron su desacuerdo. Están fatigados de tanta radicalización. Agotados de oír insultos de los fabricantes de injurias. En grandes ciudades, en donde se va creando y madurando opinión pública, no se sintieron atraídos y menos cobijados por las maquinarias de colectividades manzanillescas que no elaboran ninguna idea seductora y que se quedaron ancladas en los años 50 del siglo pasado colombiano.

La juventud quiere que se le hable de sus necesidades sentidas. De empleo, cuando los índices de desocupación aumentan a pesar de que la economía crece. Ven que los beneficios económicos no arropan sus demandas laborales y sociales. Hoy aspiran a conectarse con los actores de la modernización y no con los promeseros delirantes de utopías. Están pendientes de los avances en la informática, en la investigación, en la innovación, en la ciencia y la tecnología para tener acceso y poder mirar con menos preocupación los retos del siglo XXI. Se van desencantando de los extremos y se tornan más eclécticos y exigentes. Los nombres de los fundadores de los partidos políticos tradicionales los tienen sin cuidado y menos los que ahora se creen sus herederos universales sin capacidad alguna de convencer para poder patentar un magisterio intelectual y moral.

Si bien es cierto que en algunas zonas del país persistieron en esta jornada electoral las coaliciones de gamonales, la compra impúdica de votos, las trashumancias desvergonzadas, la degradación de las costumbres electorales, no se dieron en la misma proporción que antes persistían. Algo está cambiando. Comenzó la hora del relevo de los talantes arcaicos y de los viejos caciques que compraban votos en subastas inescrupulosas.

Va irrumpiendo una juventud que presiona para que los partidos y facciones que quieran subsistir se amolden al nuevo lenguaje de la evolución del tiempo. Quien no se sintonice con sus anhelos y demandas, quedará en fuera de lugar. Hay que entender que estamos en un siglo en el que la innovación, la transparencia sobre el uso de los bienes públicos y la legitimidad de las instituciones va ganando espacios, que deben llenar la primavera de la política.

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