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Aldo Civico
Columnista

Aldo Civico

Publicado el 09 de abril de 2022

¿Profetas del cambio?

Cuando era adolescente, me gustaba ir, en la madrugada, a un quiosco y comprar periódicos de varias tendencias. Eran los albores de los años noventa; se había caído el muro de Berlín, la Unión Soviética se había disuelto, Gorbachov prometía la perestroika, y hasta algunos profetizaban el fin de la historia. Pensaba que estar informados y conocer varios puntos de vista era un deber primordial. Hasta que tuve una conversación con un amigo y mentor, un profesor de filosofía, quien me dio un consejo que me ha marcado desde entonces. Una tarde le pregunté cuáles eran los periódicos que leía. “Si quieres entender lo que nos está pasando, me dijo, no leas periódicos; lee los libros de los grandes pensadores, como San Agustín”..

Me acuerdo de aquella conversación cada vez que me siento atrapado por una coyuntura de aquellas que nos llevan a enfocarnos obsesivamente en el corto plazo, o cuando reconozco el frenesí de quienes se concentran en adivinar cuál va a ser la próxima ola que los sostendrá o llevará al poder, y, sobre todo, en evitar que la misma los tumbe. Por el contrario, como me sugirió mi amigo-mentor, es, sobre todo, en los momentos de crisis cuando hay que subirse en los hombros de los grandes maestros y así adquirir una perspectiva más amplia; para aprender a observar y sentir al mismo tiempo el presente y el futuro que quiere emerger. De esta manera, aprendiendo a pensar, nos volveríamos conscientes de que en realidad hoy estamos rodeados por falsos profetas del cambio; que todo cambie para que nada cambie, escribió Tomasi di Lampedusa en su novela El Gattopardo.

Del mismo peligro nos ponía en alerta Simone Weil, cuyos escritos recientemente han nutrido mis reflexiones. La filósofa francesa consideraba que cada revolución no tiene contenido, siendo la revolución nada más que una expresión de la misma voluntad de potencia de siempre; una fuerza omnipresente que el poderoso de turno siempre quiere acumular y preservar. Por eso toda revolución termina donde empezó; en la acumulación de poder. Hoy deberíamos reconocer que bajo mucha de la retórica del cambio, en realidad, solo existe esta misma voluntad de poder.

Por el contrario, el cambio genuino está marcado por otra actitud y otra ética. Simone Weil sugiere el método del silencio y de la compasión porque ambos permiten, no sin un gran esfuerzo, empatizar con la aflicción del otro y así volvernos conscientes de que nuestros privilegios son el resultado del azar. Seguramente nos hace falta esta capacidad de entender el malestar profundo que hoy existe y, por ende, nuestro privilegio. “Tengo que comprenderme a mí misma desde el punto de vista de la aflicción del otro, comprender que mi posición privilegiada no es parte de mi esencia, sino un accidente del destino”, escribe Weil. Entonces, quienes tenemos que cambiar somos nosotros, permitiendo que el otro, desde su aflicción, capture toda nuestra atención. Solamente de esta manera será posible generar el cambio que necesitamos.

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