Los maestros son inmortales enamorados del anonimato, que tiran la piedra de la enseñanza, del consejo y esconden la mano de su entrega.
Se dan por amor al arte pedagógico. Regalan el pescado y enseñan a pescar. Comparten lo que saben: es su “forma de alcanzar la inmortalidad”.
Somos la suma de los maestros que nos han enriquecido. Lo recordé la noche que nos reunimos quienes estudiamos bachillerato hace ¡50 años! en el colegio La Salle, de Envigado. Bien educados y aconductados dimos las gracias a religiosos y seglares que trataron de desasnarnos.
Aprovechamos para mirarnos las arrugas que el tiempo, el implacable, ha ido dibujando en nosotros. Nos miramos con lupa hasta descubrir quién vive tras de tales arrugas. “¿Sos vos?”, preguntábamos....