Por Javier Solana
El reciente aumento de las tensiones entre Irán y Arabia Saudí ha vuelto a centrar nuestra atención en la rivalidad de estas dos potencias de Oriente Próximo. Su enemistad viene de lejos, pero, a diferencia de lo que se señala en muchas ocasiones, no es secular. Durante años mantuvieron, pese a sus diferencias, una relación fluida articulada por intereses comunes. Hoy, tras la ruptura de las relaciones diplomáticas entre ellos, la vuelta a la cooperación mutua se vislumbra lejana y difícil, pero no imposible.
La religión imperante en cada uno de ambos países no ha sido siempre un elemento de confrontación, aunque sí ha sido un factor esencial para diferenciar sus identidades. Persia, bajo la dinastía Safavid, en el año 1501,...