En Colombia somos dueños de una intolerancia tal que va de cosas tan absurdas como hacerle la vida imposible a otro con un equipo de sonido a todo taco, pasando por un intimidatorio “¿usted no sabe quién soy yo?” hasta llegar a matar porque estaban mirando feo.
Pensemos simplemente en una conversación entre un ciudadano angustiado por algo que le está pasando y otro que recibe su queja. La conversación va a tener una carga potencial de intolerancia: “o me ayuda o me ayuda”, de un lado, mientras que del otro, pues “haga lo que le digo, porque si no, jódase”, Ponerse de acuerdo no es una opción.
Pasa a diario. Muchos quieren solucionar las cosas recurriendo a las herramientas que bellamente el Estado de Derecho pone a su servicio, pero terminan...