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Sara Jaramillo Klinkert
Columnista

Sara Jaramillo Klinkert

Publicado el 24 de marzo de 2022

Razones para pararse de la cama

La primavera me agarró en Iowa City, un lugar apacible ubicado en el medio oeste americano. Como los coletazos del invierno aún traen ráfagas heladas, es normal que las calles permanezcan solitarias; sin embargo, apenas asoma un rayito de sol, la gente se acuesta sobre la hierba, trota, cuelga hamacas entre los abedules, monta en bicicleta. A lo largo del malecón suelen sentarse a ver los patos y a contemplar la superficie de un río tan quieto que parece un espejo en el cual se mira el cielo. Cuando canta un cardenal norteño siempre hay alguien señalándolo con el dedo para que los demás también lo vean. Todos permanecen atentos al reverdecimiento de los jardines y a la llegada de las aves migratorias.

Ver tal disposición al disfrute de las cosas sencillas me ha hecho pensar que nosotros en Colombia no disfrutamos lo que tenemos por andar pensando en lo que no tenemos. El sol nos calienta todos los días, gozamos de una amplia variedad de frutas disponibles a lo largo del año y, como si lo anterior fuera poco, tenemos el privilegio de encontrar vendedores de aguacates en cada esquina. Si eso no es felicidad, se le parece mucho. Con casi dos mil aves registradas de manera oficial, somos el país más diverso en aves del mundo; sin embargo, conozco a muy pocas personas capaces de reconocer al menos una docena de ellas. Pasa lo mismo con los árboles. Dan frutos, flores, atraen pájaros, regulan la temperatura y, sin embargo, casi nadie conoce sus nombres. Los vemos tanto que dejamos de verlos y admirarlos. Se vuelven parte del paisaje desde el momento mismo en que damos por seguro el cobijo de su sombra.

Es verdad que en nuestro país tenemos demasiados problemas por resolver, pero dejar de apreciar las enormes riquezas naturales que tenemos no va a solucionar ninguno de ellos. A veces las respuestas flotan con la nubes, solo hay que tomarse un instante para salir a mirarlas con calma. Siempre he pensado que los lugares caóticos le impiden a sus habitantes pensar con claridad. La mayoría del tiempo vamos como autómatas de un lugar a otro sin mirar nada diferente a la pantalla del celular. Caminamos afanados atropellando a todo aquel que no vaya a nuestro ritmo. Solo pensamos en una cosa y esa cosa es producir. La vida no puede ser trabajar toda la semana para comprar cosas innecesarias el fin de semana. Tienen que existir más razones para pararse de la cama. El sistema productivo nos necesita ocupados para que no tengamos tiempo de pensar en ellas. En un mundo que nos incita al consumo de manera constante, la revolución más grande sería aprender a gozar con las cosas pequeñas, aquellas tan valiosas que ni siquiera pueden comprarse. “Cultivar el propio jardín”, como concluiría el Cándido de Voltaire, después de pasarse la vida entera buscando el sentido de la existencia 

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