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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 30 de diciembre de 2020

Razones para vivir

Uno de los más perversos efectos de la pandemia es haber hecho cundir el desgano de vivir. No es algo que se proclame, claro está, sino una consecuencia secreta. Las personas más sensibles la llevan clavada a manera de maldición de temporada.

Encierro tras encierro, enmascaramiento tras enmascaramiento, brote más rebrote, los porrazos del virus no se extinguen. Los muertos comienzan a cercar a toda la gente. Si no tuvieron funerales virtuales en la familia, cada día saben más de otros golpeados por el tajo del adiós sin despedida.

Ahora ellos mismos se apestan del desánimo de seguir respirando. ¿Para qué? ¿Si nos desaparecieron la cara, si nos apabullaron de miedos, si quedamos reducidos a micos en jaulas de vidrio? ¿Cuál es el cacareado sentido de la existencia?

Así discurren las noches de este fin del año fiero. En el fondo, muchas personas contrajeron el vicio solitario de filosofar. Este es un afrontamiento de la crudeza de haber durado años sin pensar en para qué sirven los años. Ataca a las dos o tres de la madrugada, cuando no se logra retomar el sueño por más vueltas que se les den a la cama y al desasosiego.

Como detrás de cada desgracia hay una gracia, corresponde buscar una salida. Una luz que opere para estos tiempos y no solo para las eternidades auscultadas por los estudiosos de hace siglos o milenios. Un concepto que se acomode a las urgencias de internet, a las ganas de riquezas y fama, a lo efímero de las horas que se van.

Vivir para los sucesores, traspasar un legado sin que se sienta el traspaso, aportar a la cadena de juventudes capaces de llevar a efecto la redención de una abeja y la erradicación de las masacres. Esta sería una razón desnuda para seguir viviendo.

Aplica para todas las edades, pues es un punto de vista, una perspectiva, no un mandamiento. Y lo que destapó el coronavirus fue la orfandad del mundo. No hay padres, no hay madres, no hay doctrinas, no hay ideologías ni moral. Todo fue arrasado. Así que abominar del exterminio, sea de los demás, sea del planeta, es buena forma de edificar razas diferentes en entornos diferentes.

En vista de que esta es tarea de una o varias generaciones posteriores, todos los seres humanos de hoy mantienen su ventana desde la cual suman razones y razones para vivir

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