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Santiago Silva Jaramillo
Columnista

Santiago Silva Jaramillo

Publicado el 06 de agosto de 2015

Reconocimiento, jóvenes y violencia

La violencia no hace parte de la naturaleza humana. Es una posibilidad, una alternativa que tenemos a la mano para resolver conflictos y tensiones, pero no es inevitable. El mejor ejemplo somos los millones de seres humanos que nacemos, vivimos y morimos sin tener que echar mano de su ejercicio para defender nuestros intereses o promover nuestras ambiciones.

La búsqueda de reconocimiento, por otro lado, es la piedra angular de nuestra humanidad; estamos ante todo determinados por nuestra obsesión por encontrar una identidad grupal, por sentirnos reconocidos por otros, por hacer parte de algo más grande que nosotros mismos. Encontrar ese lugar dentro de una comunidad o en una sociedad puede lograrse por muchos medios, la mayoría pacíficos –e incluso “socialmente convenientes”-, como el trabajo o el altruismo, pero también por el ejercicio de la violencia.

Pensemos en muchos de los jóvenes de la ciudad de Medellín –no todos, no la mayoría, pero muchos, demasiados-, cuyas alternativas de reconocimiento pueden verse reducidas a un inventario de opciones poco atractivas, como el trabajo informal o el simple desempleo. También se les puede presentar la alternativa de una vía de reconocimiento violenta e ilegal, la vinculación a un combo u organización delincuencial.

En efecto, el crimen no supone solo un medio para satisfacer necesidades económicas –en ocasiones esto es lo menos importante- sino un lugar para reconocerse, hacer parte de algo superior e incluso adquirir los recursos para conseguir bienes de consumo.

¿La moto o el celular de última generación para qué? Para ser “el de la moto” o para “chicanear” el celular.

De hecho, mucha de la violencia en la que se ven envueltos los jóvenes sigue esta lógica de búsqueda de reconocimiento. Aun así, son pocos los programas públicos que apunten al elemento identitario de vinculación de los jóvenes en organizaciones criminales; que se aproximen al problema desde dos perspectivas. Primero, la discusión cultural del crimen como forma de reconocimiento y del criminal como “personaje admirado” y segundo, la disposición de mejores oportunidades –legales y socialmente convenientes- de vías de búsqueda de reconocimiento.

Y aunque estas vías incluyen asuntos educativos, sociales y comunitarios; una de sus mayores oportunidades es la vinculación laboral. En efecto, la mejor política social y de responsabilidad social empresarial es vincular laboralmente a jóvenes en situación vulnerable, porque puede ayudarlos a contener algunas de las circunstancias estructurales –pobreza, sobre todo- que los pueden excluir, pero sobre todo porque les provee de una fuente de reconocimiento social y comunitario legal y socialmente positivo.

Medellín –aprovechando esta época electoral- debería esforzarse por promover pactos sociales por el empleo juvenil, que incluyan programas de becas universitarias, programas de aprendizaje y prácticas profesionales y mejor comunicación entre oferta educativa y demanda de empleo. Que además, sumen las voluntades del sector público, el privado y las comunidades.

Todo sea porque al final nuestros jóvenes tengan cada vez más alternativas para evitar caer en la búsqueda de reconocimiento por medios ilegales y socialmente inconvenientes. Todo sea por quitarle nuestros pelados a la evitable violencia.

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