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Rafael Nieto Loaiza
Columnista

Rafael Nieto Loaiza

Publicado el 05 de julio de 2015

regreso al pasado

En la economía, un frenazo más fuerte de lo que las autoridades de Hacienda reconocen. Según The Economist, Colombia tiene el déficit de cuenta corriente más alto de los enlistados, un 6.4 %. Por encima de 5 % se considera crítico. Este año creceremos al 3.2 % y para el 2016 y el 2017 varios analistas internacionales predicen que caeremos a tasas del dos y pico. Si no crecemos a tasas del 4 % o más, no logramos disminuir el desempleo. Como consecuencia, en mayo, de nuevo, la tasa de desempleo es de dos dígitos.

El déficit comercial, de US$4.050 millones, es el más elevado de la historia. Los supuestos de Planeación Nacional prevén que el precio del petróleo se recuperará en el 2016 y que con ello aumentará el ingreso de manera sustantiva. El cálculo es optimista en exceso. Primero porque no hay motivo para pensar que tal cosa ocurrirá, excepto que hubiese una confrontación inesperada en el Medio Oriente. Después, porque la inversión petrolera se redujo sustantivamente el año pasado, incluso la de Ecopetrol, al que el Gobierno exprime el poco jugo que le queda. En el 2014 la compañía redujo su producción en 30.000 barriles diarios. Los dividendos girados a la Nación bajaron de 9.4 billones del año pasado a 4.2 billones en este. Para el próximo, las transferencias serían de 2.4 billones. Sin las transferencias de Ecopetrol a la Nación, la situación fiscal sería aun más complicada. Pero por cuenta de ellas la inversión necesariamente es más baja. Para rematar, además de la baja inversión en exploración, sus resultados han sido bastante malos. No hay nuevos hallazgos. Por ahí, pues, no vendrá la solución. De manera que lo que viene es mayor devaluación y un impacto aun no medido en el costo de la deuda por cuenta de las previsibles subidas en la tasa de interés en Estados Unidos. Y una reforma tributaria fiscalista que apretará aun más a las personas naturales y las empresas, aunque el Gobierno hoy diga que no. La situación de incertidumbre, de rebote, daña la confianza de productores y consumidores y limita inversiones y consumo.

Y si por el lado de la economía el panorama no es bueno, el del narcotráfico es muy malo. Esta semana se conocieron las cifras del Sistema Integrado de Monitoreo de Cultivos Ilícitos (Simci) de la ONU, que ratifican las tendencias que señalaban ya los Estados Unidos: muestra un crecimiento de un 44 % más de narcocultivos que en el 2013 y, peor, un aumento del 52 % en la producción de coca con un salto de 290 toneladas métricas en 2013 a 442 toneladas en 2014. Los cultivos ilícitos, como habían dicho los gringos, crecieron en especial en las áreas donde no se hizo aspersión aérea: la frontera con Ecuador, por un acuerdo de Santos con Correa, y el Catatumbo, por otro de Santos con... en fin, todo el mundo sabe lo que hay detrás de los narcocultivadores en esa zona. Como si no bastara, las Farc están incentivando los cultivos ilícitos haciéndoles creer a los campesinos que obtendrán más ayuda del Gobierno en programas de sustitución de cultivos (poco más peligroso que un incentivo perverso). Y aumentan la minería ilegal en un esfuerzo por compensar ingresos por la caída del precio de oro. A todas estas, los esfuerzos de minería formal encuentran toda clase de obstáculos en consultas previas y licencias ambientales.

Y si por el lado del narcotráfico cae una tormenta, en el de seguridad hay un ciclón. Plan pistola, atentados contra torres de transmisión que dejan sin energía al Caquetá, Buenaventura y Tumaco, intentos contra acueductos, voladura de oleoductos, derribo de helicópteros, asesinatos de soldados, y expulsión de policías por las “comunidades”, y ahora bombazos anunciados en Bogotá que Santos corre desesperado a atribuirle al Eln porque sabe que la gente no aguanta otro desmadre más de las Farc. Al menos ahora no culpó a la “mano negra” y la “extrema derecha”, como ocurrió con la bomba de Caracol y el atentado a Fernando Londoño.

Para rematar, Venezuela nos muerde en al Golfo y aquí ni decimos ay. De la mano de Santos, regresamos al pasado.

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