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Publicado el 18 de junio de 2022

Releer al rey Canuto

El mundo de hoy ha vuelto a la creencia de que las decisiones de cambio o de regreso a la grandeza que ofrecen tomar los líderes son apodícticas, es decir, no requieren debate ni demostración. Como ayer Stalin o Hitler, al dirigir una nación ellos se consideran hoy iluminados, designados por poderes más altos para redimir súbditos del peligro existencial que acarrea la modernidad para “los valores fundamentales” o para “el territorio ancestral” o para “la cultura que nos arrebatan”. Estas consideraciones parten de la base de la existencia de ofensas históricas, errores garrafales, corrupción en los asuntos que se tramitan con el Estado y desesperanza de “las juventudes olvidadas”. Cuentan con que pueden hacerlo todo con solo desearlo. Creen utópicamente que una orden suya es lo que falta para el progreso del pueblo, y se recuestan de manera cierta en la amenaza de la violencia para demostrar que sí son capaces de hacer lo que dicen.

De esto ya estaba curada la humanidad. Faraones, césares, sátrapas, emperadores de todas las túnicas y orígenes, generales que se convierten en ídolos, políticos de aldea que se creen mesías, todos confiaron en la falta de límites de su poder para “por fin recuperar el rumbo de la nación”, para “alcanzar el cambio que nos han negado”. Digo que estábamos curados, porque ahora los arrestos autoritarios iniciáticos contagiaron hasta las democracias. En el caso notorio de EE. UU. vimos cómo Trump, sabedor de su derrota, montó un golpe de Estado para quedarse con el poder en una democracia que, suponíamos, era la más fuerte. La comisión que investiga la rebelión del 6 de enero de 2021 publicó videos, testimonios y otras evidencias de la clara voluntad del presidente para llevarse de banda la Constitución desconociendo las mayorías, atropellando la división de poderes y politizando las fuerzas armadas, “para hacer grande a América otra vez”. Parece un menú africano o latinoamericano, pero es del ¡distrito de Columbia!

Putin, ignorando que la URSS cayó por ambiciosa territorialmente y por incapaz de asimilar los avances técnicos de finales del siglo XX con un aparato económico centralmente planificado, ahora ejerce un autoritarismo soviético y se remonta a Pedro el Grande, porque quiere “recuperar todo el territorio de la Madre Rusia”, no solo Ucrania, sino Escandinavia, “donde reinó el Zar” también por la vía de la invasión.

Los argumentos de Trump y Putin son iguales: regresemos a una América grande, reconstruyamos el gran imperio ruso, gritan ambos.

El capitán Bolsonaro sigue esos pasos. Cree que el imperio del Brasil aún existe con satélites que debieran rendirle pleitesía, aunque no estén de acuerdo con deforestar la Amazonía, aunque quieran vacunarse, aunque busquen el avance social en democracia.

En China, el señor Xi Jinping cree que el covid desaparecerá solo con ordenárselo, aplicando la mano férrea que le provee el régimen dictatorial de partido único.

La campaña colombiana tiene síntomas. De un lado está el “anhelo de cambio con amor”, pero con los mismos métodos de destrucción de instituciones y oponentes, estatización ya conocida, odio de clase ya ensayado y ansias de perpetuarse en el poder ya rechazadas. Del otro lado está el discurso popular de que todo se logra con voluntad política, sin necesidad de asistencia técnica ni de comunicación con otras instituciones. Del dilema solo nos saca un equipo sólido que el ingeniero debiera completar ya.

Hay cortesanos que, como los de Canuto, dicen a sus monarcas que todo lo pueden. No leen bien: al ordenar a las olas del mar detenerse y hacer notar que no le obedecían, lo que quiso enseñar a su corte el poderoso rey escandinavo del siglo XI fue que mientras más duro e iluminado sea el soberano, más aparecerán reacciones superiores generalmente provenientes del pueblo, que le enseñarán con sangre a respetar las reglas y a entender que todo reinado es temporal.

Ojalá las dos campañas visiten el mar... 

Colprensa

Por Luis Carlos Villegas - redaccion@elcolombiano.com.co

El mundo de hoy ha vuelto a la creencia de que las decisiones de cambio o de regreso a la grandeza que ofrecen tomar los líderes son apodícticas, es decir, no requieren debate ni demostración. Como ayer Stalin o Hitler, al dirigir una nación ellos se consideran hoy iluminados, designados por poderes más altos para redimir súbditos del peligro existencial que acarrea la modernidad para “los valores fundamentales” o para “el territorio ancestral” o para “la cultura que nos arrebatan”. Estas consideraciones parten de la base de la existencia de ofensas históricas, errores garrafales, corrupción en los asuntos que se tramitan con el Estado y desesperanza de “las juventudes olvidadas”. Cuentan con que pueden hacerlo todo con solo desearlo. Creen utópicamente que una orden suya es lo que falta para el progreso del pueblo, y se recuestan de manera cierta en la amenaza de la violencia para demostrar que sí son capaces de hacer lo que dicen.

De esto ya estaba curada la humanidad. Faraones, césares, sátrapas, emperadores de todas las túnicas y orígenes, generales que se convierten en ídolos, políticos de aldea que se creen mesías, todos confiaron en la falta de límites de su poder para “por fin recuperar el rumbo de la nación”, para “alcanzar el cambio que nos han negado”. Digo que estábamos curados, porque ahora los arrestos autoritarios iniciáticos contagiaron hasta las democracias. En el caso notorio de EE. UU. vimos cómo Trump, sabedor de su derrota, montó un golpe de Estado para quedarse con el poder en una democracia que, suponíamos, era la más fuerte. La comisión que investiga la rebelión del 6 de enero de 2021 publicó videos, testimonios y otras evidencias de la clara voluntad del presidente para llevarse de banda la Constitución desconociendo las mayorías, atropellando la división de poderes y politizando las fuerzas armadas, “para hacer grande a América otra vez”. Parece un menú africano o latinoamericano, pero es del ¡distrito de Columbia!

Putin, ignorando que la URSS cayó por ambiciosa territorialmente y por incapaz de asimilar los avances técnicos de finales del siglo XX con un aparato económico centralmente planificado, ahora ejerce un autoritarismo soviético y se remonta a Pedro el Grande, porque quiere “recuperar todo el territorio de la Madre Rusia”, no solo Ucrania, sino Escandinavia, “donde reinó el Zar” también por la vía de la invasión.

Los argumentos de Trump y Putin son iguales: regresemos a una América grande, reconstruyamos el gran imperio ruso, gritan ambos.

El capitán Bolsonaro sigue esos pasos. Cree que el imperio del Brasil aún existe con satélites que debieran rendirle pleitesía, aunque no estén de acuerdo con deforestar la Amazonía, aunque quieran vacunarse, aunque busquen el avance social en democracia.

En China, el señor Xi Jinping cree que el covid desaparecerá solo con ordenárselo, aplicando la mano férrea que le provee el régimen dictatorial de partido único.

La campaña colombiana tiene síntomas. De un lado está el “anhelo de cambio con amor”, pero con los mismos métodos de destrucción de instituciones y oponentes, estatización ya conocida, odio de clase ya ensayado y ansias de perpetuarse en el poder ya rechazadas. Del otro lado está el discurso popular de que todo se logra con voluntad política, sin necesidad de asistencia técnica ni de comunicación con otras instituciones. Del dilema solo nos saca un equipo sólido que el ingeniero debiera completar ya.

Hay cortesanos que, como los de Canuto, dicen a sus monarcas que todo lo pueden. No leen bien: al ordenar a las olas del mar detenerse y hacer notar que no le obedecían, lo que quiso enseñar a su corte el poderoso rey escandinavo del siglo XI fue que mientras más duro e iluminado sea el soberano, más aparecerán reacciones superiores generalmente provenientes del pueblo, que le enseñarán con sangre a respetar las reglas y a entender que todo reinado es temporal.

Ojalá las dos campañas visiten el mar...

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