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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 25 de noviembre de 2015

Reorganizar una biblioteca

De vez en cuando, cada diez o veinte años, al menos cuando lo obliga una mudanza, es preciso reorganizar la biblioteca. Más que una faena de danza mobiliaria, este operativo es un contundente ajuste cerebral.

Ya lo advirtió Borges: “ordenar bibliotecas es ejecutar de un modo silencioso el arte de la crítica”.

Ahora bien, crítica y silencio son negocio rigurosamente individual e indelegable. Cada biblioteca está atada al derrotero intelectual de su dueño, de manera que ni el ser más amado consigue reemplazar el criterio acendrado del lector y coleccionista de libros.

El primer acto consiste en desocupar los anaqueles. ¡Sorpresa! Una biblioteca está viva y es impredecible. Con los años crece, engorda, se deforma, le nacen tentáculos que duermen acostados sobre el orden erguido de los tomos.

Es inevitable que la disposición por temas, autores, países o épocas se reviente. Entonces las tablas destierran volúmenes recién llegados, con destino a estanterías peregrinas donde estos fundan repúblicas independientes.

Al cabo, el depósito de la inteligencia entre palos se hace galimatías. Nadie, ni el mismo acumulador, encuentra el libro oportuno y urgente. Un libro siempre es urgente. Pero mientras más vieja, la biblioteca es más lunática y uno convive con el desarreglo ordenado de las neuronas.

El polvo, el infinito musgo donde podrían sembrarse tomates. Claro, la mayoría de los buenos libros son conversaciones de muertos, de gentes que son polvo. Dejan por detrás de las hileras sus cenizas. En el futuro los científicos clonarán a Proust a partir del ADN esparcido alrededor de su Tiempo Perdido.

El segundo momento de la purificación bibliotecaria pertenece al arte de la crítica. Se podan libros pero ante todo se juzga el pasado personal. La existencia se acumula en períodos, cada uno representa un arrebato o un fanatismo. Y cada tiempo tuvo sus títulos y autores.

Es preciso depurar. Ya no somos crédulos, adolescentes, militantes ni eruditos en el mar de las materias. Hemos apretado una estética y una especialidad. Ahora hay que bendecir la omnipresencia de internet, que aligera las alforjas.

Se salvan los inmortales, obras releídas por siglos y milenios. Los contemporáneos que adicionan esencias al canto general del pensamiento. Lo demás se entrega a la crítica roedora de los ratones.

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