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Santiago Silva Jaramillo
Columnista

Santiago Silva Jaramillo

Publicado el 17 de diciembre de 2015

Resistir la tragedia

A principios de diciembre el Centro de Análisis Político de la Universidad Eafit presentó el libro “Territorio, crimen, comunidad”, producto de la investigación sobre “Heterogeneidad del homicidio en Medellín” adelantada por la Universidad y Open Society Foundations durante el 2015. La investigación intentaba responder a dos preguntas principalmente ¿por qué se han concentrado los homicidios en los mismos trece puntos de Medellín en los últimos treinta años? Y ¿qué diferencia a estos puntos del resto de la ciudad para que, siendo solo el 11 % del territorio, concentre uno de cada tres homicidios?

Las particularidades parecen ir desde asuntos sociológicos –la concentración de riesgos en esos lugares- hasta históricos y estratégicos –esos puntos reúnen características físicas que los hacen deseables para la confrontación por las rentas ilegales que vive la ciudad y que alimentan el uso de la violencia-. Pero más allá de las respuestas a estas preguntas –que pueden encontrar con más detalle en el libro- lo más interesante del resultado de esta investigación es el hallazgo inesperado de encontrarse con las comunidades que viven y resisten en estos puntos críticos.

Porque en Medellín hemos dejado que la violencia cuente nuestra historia. Tasas de homicidio y número de hurtos, muerte o captura de jefes criminales y operatividad y presencia de la fuerza pública, aparecen como hitos de la trayectoria de la ciudad.

Pero incluso así, a la par de la violencia y los violentos, la vida ha encontrado formas de permanecer, resistir y sobreponerse. Ya es hora de que contemos esa otra cara de la historia, más allá de los victimarios, que nos concentremos y reconozcamos que en la tragedia las comunidades no solo han “sobrevivido”, sino que han construido sus vidas, han empezado familias y han compartido los pequeños devenires de la cotidianidad.

Han vivido a pesar de la sombra, han impedido que la violencia marque el tono de sus vidas o la victimización los etiquete para siempre. Por eso no resulta sorprendente que la investigación de Eafit encuentre altos niveles de capital social en estas comunidades, que están dispuestas a confiar y cooperar con sus vecinos a pesar de todo. La valentía en este caso es silenciosa.

Esto supone un llamado de atención para que cambiemos el foco de la discusión, o como sostiene el equipo del Centro de Análisis Político en el prólogo del libro, “pensar y hacer políticas públicas volcadas a los ciudadanos en lugar de seguir volcándolas a los bandidos” (CEP, 2015: 27). Porque esas anónimas acciones comunitarias han reafirmado en los barrios de la ciudad los esfuerzos por la seguridad del Estado; en efecto, hay dos caras de la moneda, los criminales y sus acciones violentas, y las comunidades y su contención y resistencia a la tragedia.

La invitación final es a reconocer que lo mejor de esta ciudad primaveral y pujante no es su clima o su progreso. Lo mejor de Medellín es su gente, que ha resistido en la tragedia y surgido en la oportunidad.

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