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Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 03 de octubre de 2020

Ríete, muchacho

“Ríete, muchacho”, me dijo el padre Nicanor apenas me vio entrar, al advertir que llegaba tristón y aburrido. Él se veía alegre y sonreído. Tenía la cara limpia y serena que se dibuja después de una buena carcajada o que se emboza en una tímida sonrisa.

-Cuál reírse, tío, cada semana en Colombia es un nido de desilusiones, ¿no lo cree usted? Uno termina el día columpiándose entre la ilusión y la desilusión.

-Pues, hijo, si quieres podemos echar palique sobre esto de la ilusión y la desilusión, que en el fondo no es sino un juego.

-¿Cómo así, padre? A mí la desilusión me duele, me golpea, me amarga la vida.

-Lo que pasa es que damos por sentado que la vida del hombre se columpia entre la ilusión y la desilusión. A aquella, la ilusión, la consideramos la madre de todos los sueños, de las utopías, de las euforias mentirosas. Y a la otra la creemos la partera de todas las tristezas, de los rencores, de las heridas incurables. Y no hay tal. El juego de la ilusión y la desilusión no es sino eso: un juego.

-Pues no me convence, tío

-Te explico, y me perdonas que tenga que echar mano de mis latines. La primera acepción del verbo latino “illudere”, de donde viene ilusión, es precisamente jugar, solazarse, divertirse. De ahí también el adjetivo “lúdico” en español. Me acuerdo de un verso de Horacio, que aprendimos en el seminario: “Heu, fortuna... ut semper gaudes illudere rebus humanis”, que traduce: “¡Oh, fortuna... cómo te gozas en jugar con las cosas humanas.”

-Ya, ya, ya, tío. Tenga compasión de los lectores.

-Pero de ti no me compadezco, por llorón y autocompasivo. Tienes que borrar ese trascendentalismo con que nos han enseñado a hablar de ilusiones y desilusiones. La desilusión, el antónimo de ilusión, no es su contrario, sino su realización.

-No le entiendo, padre.

-Pues sí. Cuando el sueño y lo apetecido se logran, ya dejaron de ser ilusión y, por lo tanto, son des-ilusión. Si no se consiguen los deseos, lo que muerde las entrañas no es la des-ilusión, la frustración, sino la ilusión insepulta que puja por mantenerse viva.

-¿Y, entonces?

-Ríete, muchacho. Ríete de tus ilusiones y de tus desilusiones. Porque, más que amargar, ellas deben alegrar la vida y, cuando descubrimos las falacias y engaños que encierran, pueden volverse un remanso de hilaridad.

-Y hasta una carcajada.

-Claro. Hacer el ridículo (y ridículo es lo que hace reír) es una terapia. No temas reírte de ti mismo, que es por donde se debe empezar. Ríete de tus desilusiones. Y de tus ilusiones

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