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Células en el microscopio

Las ciencias dan método, expanden la capacidad de asombro y de comprender el mundo.

18 de septiembre de 2025
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  • Células en el microscopio

Por Rosana Arizmendi Mejía - JuntasSomosMasMed@gmail.com

Nunca se me va a olvidar lo que sentí cuando vi células en el microscopio por primera vez. Eran de una hoja de una de las plantas que crecían en los jardines de mi colegio, y, aunque en esa oportunidad fue la profe la que hizo el delgadisísimo corte del tejido y lo montó en el portaobjetos —eso es todo un arte que medioaprendí después—, asomarme al objetivo y ver las paredes celulares, los núcleos y los cloroplastos fue suficiente para sentir lo que ahora llaman el “estado de flow”. Fue como un gozo, casi infantil, que tiene qué ver mucho con el asombro. Y que he sentido todas las otras veces en las que en mi vida he descubierto, aprendido o experimentado algo nuevo. Lo sentí, por ejemplo, en mis clases de bioquímica y geometría en la universidad; o justo la semana pasada, cuando conocí “en persona” a los estorninos comunes, las aves que forman las famosas murmuraciones en el cielo. También es lo que siento cuando, en Parque Explora, donde trabajo, interactúo con una experiencia nueva del museo o veo las cosas maravillosas que hacen los profes y los estudiantes con quienes cocreamos.

Tener esos momentos de descubrir algo por primera vez, acompañados de esa dicha de aprender, debería ser una posibilidad al alcance de todo el mundo. Y aunque podría pensarse que esto ya sucede, la realidad indica lo contrario, especialmente en el contexto de la educación.

El desinterés y la desmotivación por lo que se aprende en la escuela son unas de las (múltiples) causas del ausentismo y la deserción escolar, por lo que es importante que en los procesos de transformación educativa también se aborden como asuntos prioritarios. Despertar lo que Jorge Wagensberg llamaba el gozo intelectual, es definitivamente uno de los caminos. Y combinar la educación con el aprendizaje de las ciencias puede ser una potente fórmula para lograrlo. Lo sé, porque soy producto de esta mezcla. Y porque, además, todos los días veo sus efectos en las personas con las que interactuamos en Explora.

Las ciencias dan método, expanden la capacidad de asombro y de comprender el mundo, ayudan a desarrollar pensamiento sistémico y estratégico, enseñan a hacer buenas preguntas. Por su parte, la educación fomenta la curiosidad, da una ética, una forma de ser y habitar(se), un pensamiento crítico, un sentido de sociedad. ¿Cómo no hacer uso, entonces, de la maravillosa combinación ciencias-educación para permitir que estudiantes, docentes, directivos, familias y comunidades sientan el gozo que produce (y permite) aprender? Hoy más que nunca necesitamos aprendizajes significativos y duraderos, que nos transformen como personas y como sociedad. Necesitamos más momentos de ver células en el microscopio por primera vez, que con sus destellos de dicha abran nuevos caminos para descubrir.

De estos y otros temas que me inspiran, conmueven o atraviesan (como ecología, arte, género o liderazgo) escribiré en este espacio mensual, al que llego contenta y con gratitud por El Colombiano y mis compañeras de Juntas Somos Más. Y por Juliana Restrepo, mi amiga y colega, a quien tengo el honor de recibirle la batuta de esta columna, que es otro momento de primera vez para mí. ¡Qué alegría estar aquí y seguir conversando en el camino!

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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