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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 19 de julio de 2019

San Elías profeta

El 20 de julio celebramos los Carmelitas la fiesta de san Elías, que significa “Yavé es mi Dios”, el más grande de los profetas, que vivó en el siglo IX antes de Cristo. Figura de gran interés para el hombre del siglo XXI, sensible al mundo del espíritu. Más que prever el futuro, el distintivo del profeta es la palabra de Dios, determinante de su condición humana.

En el primer libro de los Reyes leemos un acontecimiento impresionante de Elías. En un desánimo total, Elías, sostenido por las maravillas que el Señor obraba en él a pesar de su actitud derrotista, subió al monte de Dios, el Horeb, donde pasó la noche en una cueva.

El Señor lo llamó y le dijo: “Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor, que va a pasar”. Vino un huracán violento, y allí no estaba el Señor; después un terremoto, y tampoco allí estaba el Señor; y luego un fuego, y el Señor tampoco estaba allí. Después vino un suave silencio, y al sentirlo, “Elías se tapó el rostro con el manto, salió afuera y se puso en pie a la entrada de la cueva”, y oyó una voz que le decía: “¿Qué haces aquí, Elías?”. Y él respondió: “Me consume el celo por la gloria del Señor, Dios de los ejércitos”.

En este acontecimiento hay dos lenguajes, el divino y el humano. El autor del libro de los Reyes usa lenguaje humano, el que tiene. El lenguaje divino está en el corazón del profeta, que luego traduce a lenguaje humano para entenderse y darse a entender. Quien lo escucha sabe que solo disponiéndose puede desentrañar en el lenguaje humano el lenguaje divino, que es sin ruido de palabras.

Elías sabe que es un enviado del Señor, que cuando habla, su palabra, cortante como espada de dos filos, llega hasta el más profundo centro del alma. Tiene para enseñarle al hombre del siglo XXI la lección admirable de descubrir en el lenguaje humano el lenguaje divino con que Dios vive comunicándose con él en la intimidad del corazón.

Para sus discípulos, Elías fue tan grande, que no murió, sino que “subió al cielo en la tempestad”, en “un carro de fuego tirado por unos caballos de fuego” (2 Re 2,11). Modo de vivir como presentimiento el misterio portentoso de la Ascensión.

En la Transfiguración (Mt 17, 1-8), aparecen Moisés y Elías conversando con Jesús. Saber escuchar al Creador, que habla en la intimidad del alma, constituye el gesto humano por excelencia.

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